miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Saber o no saber?

Hace muchos atrás, cuando tenía seis dulces primaveras e ingresé a la educación básica, sentí que un millón de luciérnagas incendiaban mi estómago ya que por fin iba a aprender a escribir bien la “f” y leer de corrido los diarios y revistas que manoseaban los adultos con tanta seguridad. Qué cercano me parecía el día en que podría leer los títulos sin tener que repetir cada palabra alargada en voz alta y que entretenidas serían mis tardes una vez que pudiese comprender los textos mágicos de autores reconocidos. Todo un mundo se abría ante mí. Dejar de ser analfabeta era definitivamente, el motivo por el cual me levantaba una hora y media antes de lo necesario para ir a mi primer año de escuela.

Los recuerdos de mi lámpara rosada sobre el velador de mimbre que sostenía una amenazadora taza de leche tibia que jamás quise probar, vuelven a mi cabeza una y otra vez, mientras recuerdo la programación de la tele en aquellos años. Despertaba siempre con el final de “Banana Split” que precedía a “Tom y Jerry” mientras me sentaba al borde de mi cama. Con la emoción tremenda de una nueva jornada escolar, me ponía los calcetines azules hasta las rodillas, con absoluto cuidado de que el borde tuviera un pequeño doblez de modo que se viera perfecto con mis zapatos de princesa recién lustrados.

Puede sonar un poco ridículo, pero adoraba el sonido de la televisión encendiéndose a las 6.30 de la madrugada como arcaico despertador. Juro que muchas veces desperté minutos antes de que se encendiera y rogaba para que fuese la hora de levantarse y tener que comenzar el día con mucha energía.

Y que tontos me parecían mis compañeritos que hacían berrinches por no querer levantarse para ir al colegio. Ilusos. No sabían que se perdían la gran oportunidad de aprender a leer, escribir, sumar y restar, saber como crecen las plantas, de dónde vienen los bebés, saber sobre ese Dios que castigaba, los nombres y características de los planetas del sistema solar. Todo un mar de conocimiento y respuestas para un millón de dudas que circulaban por mi mente precoz.

Cerca de las siete de la mañana ya estaba completamente vestida, peinada, con la mochila ordenada y las ganas un poco frenadas para no parecer una infante psicótica con alteraciones nerviosas y notable falta de autocontrol de las emociones.

Cuando era pequeña tenía tantas ganas de saber, que no sabía qué era lo que iba a saber, y resulta que todo lo que he sabido no es más que un incentivo a querer seguir sabiendo aquellas cosas que no sé y que algún día sabré.

Después de todo, tenía muchos minutos libres entre que estaba lista y la efectiva entrada a la aula de clases, y durante ese tiempo me dedicaba a soñar despierta que sabía, sabía tanto, tanto, tanto, que un médico succionaba conocimiento de mi cabeza para ponerlo en un dispositivo de memoria portátil, de modo que tuviera más espacio y siempre supiera más de lo que era estrictamente necesario saber. Pero eso era un pensamiento inconcebible en aquellos años; un diskette tenía la misma memoria que hoy tengo a mis veintitrés primaveras de recuerdos y pasajes olvidados. Sin embargo, lo esencial sigue allí, depositado en algún rincón de mi masa encefálica, resguardada de las fallas de sistema y choques neuronales que amenazan con caducar la fecha de utilidad de mi cerebro. Aún así, muchas veces sigo sintiéndome de seis años, sigo con las mismas ganas de saber y las mismas ganas de no tomarme la taza con leche de mi velador.

2 comentarios:

mutacion alien dijo...

ahaha, realmente me gusto lo q escribiste.

A small girl in a big world. dijo...

Que lindo, y que lindo querer seguir creciendo.