martes, 21 de diciembre de 2010

Reportaje vivencial

COMIENDO PASTO

Recuerdo mi niñez a los seis años sentada en la mesa. Odiaba la gran mayoría de los vegetales cocidos, las legumbres y los interiores de mal aspecto. Mi mamá siempre me decía “María Luisa, hay niñitos en el mundo que se están muriendo de hambre en este momento” y yo, testaruda y bastante malcriada en cuanto a hábitos alimenticios, sólo comía lo que quería y odiaba las verduras cocidas, legumbres e incluso cazuelas. Mis hábitos de niñez no cambiaron a la actualidad. Fanática del queso, dulces y masas en general, me convertí en vegana. Para saber cuán difícil es vivir en una sociedad que estigmatiza algunos hábitos alimenticios por prejuicios o simple falta de información.

Por: María Luisa Córdova

Como todas las de mi género, he pasado gran parte de mi tiempo debatiendo mentalmente cuán gorda puedo estar. Las mujeres pensamos sólo una cosa: nunca estamos lo suficientemente flacas. Y si bien algunas rayan con eso comentándolo con todos, otras solamente lo piensan. Pero se encuentra en nuestra esencia, tal vez por un concepto de belleza y vanidad inserto en nuestros genes que varia de acuerdo al contexto social, o simplemente por no estar nunca conformes con nada.

Lo cierto es que nunca me he privado de ningún alimento. He intentado en vano hacer algunas dietas de moda, esas dietas que te condenaban a consumir verduras y que mi madrastra antes de cada verano imprimía y solía pegar en la puerta del refrigerador como para convencer a mi papá de que también la siguiera pero que al final nadie terminaba. Yo duraba, con suerte, media mañana. Siempre caía en la tentación del pan con manjar a media tarde y pizza con jamón y choricillos, por las noches.

Pero ya hace tiempo venía observando que algunos de mi generación tenían hábitos alimenticios distintos a los de la mayoría. Varios de ellos se alejaban de la parrilla cuando en ciertos carretes se hacían asados y de paso, se aguantaban las burlas de quienes no concebían que alguien no comiera choripanes. Ellos se denominan vegetarianos y no consumen alimentos de origen animal. Pocos lo comprenden y muchos se ríen. Sin embargo, hay quienes han adoptado hábitos alimenticios aún más radicales, no consumen alimentos de origen y proceso animal, como el queso, la mantequilla, las masas de cualquier tipo e incluso la ropa confeccionada con cuero y fibra animal. Son los llamados veganos. Yo, sin pensarlo demasiado, decidí ser vegana por dos motivos; comprobar cuán fuerte es mi fuerza de voluntad y saber si Antofagasta ofrece un panorama alimenticio de calidad para quienes deciden abandonar los hábitos tradicionales y de paso, enterarme de la reacción de quienes me rodean.

Primeras reacciones

Mi madre revuelve una olla que contiene un gran trozo de carne de vacuno con verduras cocidas. Está dejando el almuerzo hecho para el día siguiente porque trabaja durante todo el día y sólo dispone de una hora para venir a casa a almorzar. Estoy moliendo una palta que pretendo poner entre mis dos últimas rebanas de pan, mientras una vocecita en mi cabeza me recuerda que ése pan que comeré tiene un pequeño ingrediente consistente en grasa animal, alejo la idea de mi cabeza y espero el momento adecuado para comentarle a mi mamá la decisión que tomé hace algunos días. Mientras rememoro su preocupación ante la evidente baja de peso que sufrí al comenzar el año, la que según ella se trata de una tendencia suicida con la alimentación y que yo al respecto suelo reír al escuchar. No lo pensé más. Sólo lo dije.

- Mamá, voy a ser vegana desde mañana – le dije con seguridad, dando la primera mordida a mi pan con palta

- ¿Qué es eso? –preguntó ella con curiosidad y un atisbo de fuerza en su voz, como si se estuviera preparando para una respuesta que pudiera molestarla.

- No voy a comer nada que venga de una vaquita – comenté con una risita – ni nada que venga de ningún animal. Y no puedes hacer nada al respecto.

Es difícil describir la primera impresión de mi madre al escuchar mis palabras. Su rostro se desfigura y deja la cuchara de palo sobre la mesa.

- Pero ¿en qué cresta estás pensando niñita? – me dice con la voz más alta de lo normal.

- Que no voy a comer nada que salga de una vaquita…

- ¡Si claro! Y te vas a desnutrir, y te vas a morir y yo voy a tener que pagar tu funeral… estás loca, no voy a dejar que te mates – me dice, con aquel tono que suele adoptar cuando quiere finalizar un tema y darse por vencedora en una discusión en dónde sólo ella expuso su opinión. Típico de mamás.

Gabriela, mi hermana de catorce años pero mentalmente bastante mayor que yo, me mira como si no comprendiera el idioma que utilizo para contarle sobre mis cambios alimenticios. Estamos encerradas en mi pieza, solas, como siempre que necesito revelarle algún secreto de mi vida que me perturba y que ella, con sus racionales consejos, suele espantar.

- Es estúpido que dejes de comer carne – me dice sin más – no porque dejes de hacerlo, van a dejar de matar vaquitas ¿sabias?

- Pero es un comienzo, además, no lo hago sólo por eso – le respondo.

- Pollo – me llama por mi apodo dibujando en su rostro una de sus tantas muecas que dan a entender la obviedad del caso - Si estás flaca… ¿por qué lo haces? ¿Es parte de alguna nueva religión rara que estás siguiendo?

Me quedo en silencio observándola. Tiene lógica. Es lo que pensaría la mayoría.

Sin embargo, no es necesario pertenecer a alguna religión para poder practicar este hábito alimenticio. Según el miembro fundador de la Sociedad Vegana, Donald Watson, "El veganismo es una filosofía de vida que excluye todas las formas de explotación y crueldad hacia el reino animal e incluye una reverencia a la vida. En la práctica se aplica siguiendo una dieta vegetariana pura y fomenta el uso de alternativas para todas las materias derivadas parcial o totalmente de animales”. Y me parece totalmente lógico, se adapta a la perfección con a mis convicciones acerca de evitar la muerte animal y, más aún, contribuye de manera importante en los problemas medioambientales y sociales a los cuales se ve enfrentada la humanidad. Es de suma importancia saber que la mantención de 1.300 millones de animales anuales ocupa casi el 24% de la superficie terrestre del planeta y no sólo eso, alimentarlos ha provocado su superpoblación y posterior desaparición de especies de animales y vegetales por servir de alimento para los animales ubicados en enormes explotaciones ganaderas alrededor del mundo.

Entonces da para pensar. Me sorprendo preguntándome a mi misma ¿es realmente tan descabellado llevar una dieta vegana? Porque desde que comencé a explicarles a mis compañeros y amigos de la Universidad que no puedo comer roscas debido a que contiene huevo, me han mirado bastante extraño. Es cierto, uno rompe la normalidad al revelar una tendencia alimenticia distinta. Según mi propia y fidedigna estadística, siete de cada diez personas a las cuales les he comentado que soy vegana han puesto cara de extrañeza, luego preguntaron qué significaba ser vegana y a continuación dijeron frases como las siguientes: “estas loca”, “yo no podría”, “te vas a morir de flaca” y “no seas ridícula”. Pero no me importa demasiado, según Aida Molinari, nutricionista y actual docente de la Universidad del Mar, “mientras se reemplace responsablemente las proteínas entregadas por los alimentos de origen animal y sus derivados, no deberían existir problemas de salud en quienes adoptan del veganismo su estilo de vida”, lo que no sólo me asegura que sobreviviré sino que me respalda científicamente frente a las escépticas miradas de quienes lo desaprueban. Y con mi breve minuta lista, mis suplementos alimenticios en cápsulas para evitar posibles desmayos y con toda la fuerza de voluntad del mundo, me preparo para enfrentarme a lo que venga.

Comer o no comer, he ahí el dilema

Es lunes y mi desayuno consiste en pan pita con palta y libre de manteca, con un vaso grande de jugo natural de pomelo y media manzana. Todo me agrada, menos el pomelo porque es demasiado amargo. Dejo la mitad del vaso y parto a la Universidad. Pareciera que fue un desayuno bastante contundente, pero no. A media mañana tengo hambre, pero desisto de ir al Salvavidas, el kiosco que se encuentra en mi facultad. Lo dejaré para después, prefiero olvidar que tengo hambre.

Y así llega la hora de almuerzo. Llego a mi casa para calentar el almuerzo que mi mamá dejó preparado la noche anterior; bistec a lo pobre. Ella deposita un enorme huevo frito sobre los trozos de carne mientras mira con preocupación como me limito a comer carne de soya con arroz, tomate y papas fritas. Su indignación es aún mayor cuando me niego a probar su mayonesa casera, con el corazón partido en dos. Mi padrastro en cambio, sonríe y me pregunta que tal está mi comida para perros, haciendo alusión a la carne de soya que hay en mi plato.

Y así comienzan a pasar los días. Durante las tardes intento evitar el ocio de pernoctar en casa para evitar caer en la ansiedad. Me siento con fuerzas para no comer los postres que hay en el refrigerador, el queso y las carnes. Sin embargo siento la necesidad imperiosa de comer de esas roscas fresquitas que mi mamá trae todas las tardes de la panadería que visita después de la oficina. Están dentro de un mueble. Estoy sola en casa. Podría comer una rosca que contiene una gran parte de manteca, grasa de origen animal, sin sentir remordimiento alguno. Lo pienso durante mucho rato, pero finalmente no lo hago.

De pronto, he comprendido que no venden snacks para veganos. Me he dedicado a leer los ingredientes de cada uno de los alimentos que ingiero. Ninguna barra de granola, cereal integral y ni siquiera los clásicos turrones se salvan de tener “gelatina de bovino”, “aceite animal” y “huevo deshidratado”. Lo imagino y me causa repulsión. Veo que mis amigos en el fondo se alegran de recibir los alimentos que debo dejar, y comienzo a sentir rabia injustificada y constante mal humor.

Los días pasan

Dos semanas de veganismo para quien acostumbró a comer pan con queso derretido viendo la televisión por las tardes, es prácticamente una tortura. Despierto algo enojada con el mundo, o por lo menos eso me aseguro de responder mientras por dentro sé que sólo tengo hambre. ¿Cómo es posible que todo lo estoy acostumbrada a comer provenga de un animal? Mi orgullo sin embargo, es más fuerte. Me guardo el pensamiento. Averiguo nuevas opciones para comer y me entero que existen pocas marcas de carne de soya disponibles en algunos supermercados, las frutas y las verduras en Antofagasta tienen un precio superior al promedio nacional y uno de los pocos lugares en donde se pueden adquirir alimentos de origen vegetal es la tienda “Govinda” perteneciente al templo Krishna ubicado en calle Ossa, una de las más centrales en Antofagasta y en donde los productos hechos de distintas variaciones de la linaza, soya, cereales y gluten, van desde los $2500 pesos. Y si consideramos que se trata sólo de la pieza fuerte del plato y no el acompañamiento, quienes son universitarios y viven con la plata justa para la semana, este tipo de alimentos puede escaparse del presupuesto. Por mi parte, vivir con familia me mantiene tranquila en cuánto a la preocupación de lo que comeré, sin embargo, ahora que soy vegana sin el apoyo de mi madre, comprendo que son pocas las cosas que puedo comprar y que generen una sensación de saciedad al tragarlas.

Mi mamá se ha relajado más, y aunque ella cree que no noté que la vi echando el jugo de carne del bistec sobre mis fideos sin huevo y hechos 100% de harina de linaza, entiendo su preocupación. Supongo que pretende obligarme a consumir las proteínas que no absorbo al llevar una dieta de origen vegetal, lo que ella aún no asume es que dejar de consumir carnes y derivados me ha llevado irrevocablemente a comer todas aquellas verduras y legumbres que en mi niñez rechacé tajantemente, me he auto obligado a tomar desayuno todas las mañanas, hábito que no practicaba desde que iba en el colegio y que sin duda es perjudicial para la salud. Lo que podría considerarse un gran avance, eso si se tiene en cuenta que mis hábitos alimenticios varían constantemente, ganándome el apodo de “pollo” con justa razón por ser algo enfermiza y bastante débil. Lo bueno es que mis amigos ya ni siquiera me ofrecen pizza y en su defecto, me compran papas fritas con anterioridad. Ya no duele la ausencia de queso en mi vida, mucho menos la carne, lo que sí me tienta son las cosas dulces.

Queda poco para terminar el mes. Compruebo que los días no han sido fáciles. Ser vegana en Antofagasta y no morir en el intento, requiere de ingresos más altos de lo normal. Requiere de paciencia para explicar a quienes lo ven como un atentado contra la salud y sobre todo requiere de muchísima fuerza de voluntad.

He salido a comer afuera antes de terminar el mes de vegana. Pocos restaurantes tienen la opción de plato vegetariano y prácticamente los menús están compuestos en su mayoría por alimentos de origen animal. He dejado de pasar rabias. Ya no miro con recelo a quienes se comen una hamburguesa frente a mis ojos, incluso, he dejado de sentirme tentada ante los pasteles, pese a lo anterior y gracias a la ingesta de las proteínas y minerales que encuentro en vegetales como el brócoli, la betarraga, la soya y las legumbres mi ánimo no ha decaído e incluso me siento más vital.

El último día de mí dieta vegana la concluí con nachos con guacamole. Exquisita merienda compuesta de una mezcla de palta, tomate y cilantro, las que como con fritos de maíz. Al día siguiente, mi familia hizo un asado. Puse en mi plato un gran trozo de bifé de lomo liso de cocción media, como solía preferir antes de adoptar el veganismo. Mi familia me observó jugar con los cubiertos durante un momento, mientras me encargaba de llenar el plato con verduras y simular el movimiento del trozo de carne. No pude comérmelo. Es más, tuve que devolverlo al asador. Y mi mamá, sin si quiera demostrar enojo, puso más espárragos en mi plato.

Resulta curioso que ya habiendo terminado el mes de veganismo, compruebe que mi madre incluye en la lista del supermercado la carne de soya que más prefiero. Mi mamá lo comprendió luego de interiorizarse al respecto, incluso ha buscado en Internet recetas para veganos lo que sin lugar a dudas me conmueve pues comprendo lo difícil que fue para ella. Mi hermana por su parte, dejó de comer carne también, aprendió a saltear todas aquellas verduras que ambas solíamos dejar a un lado del plato. En mi hogar todos adoptamos hábitos alimenticios más sanos, prácticamente no consumimos pan batido y lo hemos reemplazado por aquellos que sirve como buena fuente de fibra.

En la actualidad soy vegetariana y con orgullo puedo decir que puedo comer todas aquellas verduras que tanto detestaba. Una parte de mí ha dejado de ser esa niña malcriada y mañosa. Con un profundo respeto hacia el mundo animal y el medioambiente, he encontrado el equilibrio, apoyada por mi familia y amigos, quienes han aprendido al igual que yo, que una dieta debe ser responsable para mantener una buena salud física y emocional.

2 comentarios:

edu salas dijo...

Interesante artículo... la idea de ser vegetariano es tomada por muchos como una locura, y ser vegetariano, como locura. Tienes razón, a uno lo miran como si estuviera desquiciado, o te preguntan que si estás practicando alguna religión oriental. Ser vegetariano, o al menos comenzar a serlo no es fácil. Se requiere de mucha información, saber que está bien consumir y qué no. En mi particular, no soy vegetariano, pero respeto mucho a los que lo son, incluso comparto con ellos cuando vamos a comer, pues la verdad, yo como de todo, o casi de todo, pues soy intolerante a la lactosa. En cuanto a adquirir los productos, en mi ciudad, es relativamente fácil encontrarlos, pues hay muchas granjas orgánicas, e incluso abundan los restaurantes vegetarianos. Me asombró un día comerme una amburguesa de lentejas, sabrosa por cierto. Yo creo que el vegetarianismo no es un estilo de vida, es una forma de alimentarse. Algunos se vuelven vegetarianos por el mismo proceso por el cual tú pasaste, otros porque fueron educados así, otros por cuestiones de salud. Pero burlarse de alguien que haya decidido cambiar la carne por los vegetales y los productos derivados de la tierra, me parece lo más ridículo y estúpido, pues consumimos lo que nos da la naturaleza. En tal caso, comer sano es importante, y ser equilibrados también. Lo que si odio, y creo que tú también, es buscar la comida Mcdonald´s...esa que sí te daña la entrañas... prefiero hacer una amburguesa casera y compartir con mis amigos a meterme en una cadena de consumo sólo para estar en la onda. Hay un dicho: díme qué comes y te diré de lo que te vas a enfermar.Algo cierto, yo tengo que buscar alternativas para consumir calcio,y una amiga me está ayudando con sus sabrosas comidas y postres hechos a partir de frutas... todo muy natural y sabroso. Ser come lechugas, como dicen por acá, no es malo, al fin y al cabo, consumimos lo que nuestro derruido planeta nos proporciona. Disculpa el comentario tan largo.

edu salas dijo...

Interesante artículo... la idea de ser vegetariano es tomada por muchos como una locura, y ser vegetariano, como locura. Tienes razón, a uno lo miran como si estuviera desquiciado, o te preguntan que si estás practicando alguna religión oriental. Ser vegetariano, o al menos comenzar a serlo no es fácil. Se requiere de mucha información, saber que está bien consumir y qué no. En mi particular, no soy vegetariano, pero respeto mucho a los que lo son, incluso comparto con ellos cuando vamos a comer, pues la verdad, yo como de todo, o casi de todo, pues soy intolerante a la lactosa. En cuanto a adquirir los productos, en mi ciudad, es relativamente fácil encontrarlos, pues hay muchas granjas orgánicas, e incluso abundan los restaurantes vegetarianos. Me asombró un día comerme una amburguesa de lentejas, sabrosa por cierto. Yo creo que el vegetarianismo no es un estilo de vida, es una forma de alimentarse. Algunos se vuelven vegetarianos por el mismo proceso por el cual tú pasaste, otros porque fueron educados así, otros por cuestiones de salud. Pero burlarse de alguien que haya decidido cambiar la carne por los vegetales y los productos derivados de la tierra, me parece lo más ridículo y estúpido, pues consumimos lo que nos da la naturaleza. En tal caso, comer sano es importante, y ser equilibrados también. Lo que si odio, y creo que tú también, es buscar la comida Mcdonald´s...esa que sí te daña la entrañas... prefiero hacer una amburguesa casera y compartir con mis amigos a meterme en una cadena de consumo sólo para estar en la onda. Hay un dicho: díme qué comes y te diré de lo que te vas a enfermar.Algo cierto, yo tengo que buscar alternativas para consumir calcio,y una amiga me está ayudando con sus sabrosas comidas y postres hechos a partir de frutas... todo muy natural y sabroso. Ser come lechugas, como dicen por acá, no es malo, al fin y al cabo, consumimos lo que nuestro derruido planeta nos proporciona. Disculpa el comentario tan largo.