viernes, 4 de marzo de 2011

SPM

Si hay algo de lo que las mujeres nos pasamos la vida intentando entender y soportar es el Síndrome Premenstrual. Es difícil, no nos libramos de ella hasta alrededor de los cincuenta años, cuando a diferencia de los pañales de adulto “plenitud” nos encontramos en el ocaso de nuestras vidas intentando viajar a costa del Gobierno y compartiendo piezas con ancianos que huelen mal mientras nos muelen las papas de la sopa para que no nos atoremos en los almuerzos comunitarios.

Y es que cuando aparece el SPM resulta difícil verle el lado bonito a las cosas y llorar se convierte en la herramienta de escape a nuestros soponcios y alteraciones hormonales varias. No sé que será lo que pasará fisiológicamente pero a nosotras las mujeres, en estos trances de la vida que se presentan una vez al mes, como que las neuronas no nos hacen mucha sinapsis. Lo sorprendente es que el final de la película de bajo presupuesto se convierte en la máxima expresión de la tristeza, lo que se ve traducido en una emanación constante de mucosidades nasales y un despilfarro de pañuelitos desechables. Peor aún, nos vienen antojos, ahogos, mareos, sulfuraciones y explosiones de violencia reprimida. Podemos concluir entonces, que el SPM es como un ligero embarazo mensual.

Pero para que lo entiendan mejor los hombres, el SPM no se trata del acto in situ de menstruar, sino de los malestares físicos y psicológicos que se manifiestan los días previos a ello. Porque menstruar no es tan satánico como piensan y como los publicistas de toallas higiénicas se encargan de transmitir por televisión. En realidad, lo peor de la menstruación radica precisamente en el SPM, porque es allí cuando las mujeres nos tomamos las libertades de insultar, atacar, golpear, destrozar y/o asesinar cualquier intento masculino de hacernos entender que no se trata del fin del mundo y que paremos de llorar por la matanza de ballenas o por las noticias del medio oriente.

El SPM es una enajenación mental, podría tratarse de una breve trastorno bipolar en donde las frases más comunes suelen ser del tipo “Moriré sola”, “No tengo amigos”, “Nadie me quiere”, “Estoy gorda”, “Mi perro prefiere un bistec a mi compañía”, “Mis colegas me odian y planean sabotearme”, “¿Por qué tuve que nacer?”, “¿Por qué mi ex pololo tuvo que ser gay?”, “¿Dónde consigo guayaba a esta hora?”, entre muchas otras más que dejan entrever las debilidades de la retorcida mente femenina susceptible a la más mínima variación hormonal. Es como el aleteo de una mariposa que es capaz de generar un tornado, pero aquí una pequeña alteración de una hormona genera una hecatombe emocional y un ataque lacrimógeno de magnitudes.

¿Qué se puede hacer al respecto? En realidad sólo existe una opción. Y se trata de aprender a vivir con ello. Si usted es hombre, tome las medidas necesarias como alejarse de la mujer en cuestión, proveerle de chocolate y ofrecerle un par de calcetines y un guatero. Y si usted es mujer, me entenderá aún más. ¿Dicen que somos el sexo débil? Entonces disfrutemos de la libertad social de poder llorar en público, de poder emocionarnos con una imagen o canción, de poder ser escuchadas pero tal vez no entendidas. Siempre podremos apelar a esta condición humana femenina de pasar por el SPM una vez al mes y sobrevivir para contarlo. Porque créanme, un hombre no es capaz de depilarse e imagínense el escándalo que tendrían si tuvieran que parir. Ellos no saben de dolor. Nosotras somos la mejor parte de la especie, disfrutemos de nuestros Síndromes Premenstruales y lloremos por y para el mundo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Fumar o no fumar

En Chile, al menos el 70% de la población consumidora de tabaco se muere porque sus pulmones pasan de ser órganos saludables a pasas derretidas rellenas de veneno para ratones, alquitrán y monóxido de carbono similar al que sale de los tubos de escape. Pese a tan desolador panorama, los chilenos seguimos insistiendo en sentarnos en zonas de fumadores, nos reímos del morbo publicitario que rodea a este producto y nos quejamos con la paulatina alza del precio del cigarro.

El cigarro es un tubo nicotinoso que todos suelen probar a escondidas de sus padres alrededor de los quince años. Los más promiscuos lo hacen antes y son ellos los que terminan emborrachándose antes que todos y presentando un paupérrimo espectáculo después de una fiesta.

Pero díganme si hay algo más desagradable que despertar después de un carrete como si te hubieran apagado treinta cigarros en la boca. Es cuando más cobra sentido el hecho de que el cenicero es la metáfora de nuestras vidas juveniles. Uno corre a la ducha e intenta librarse del olor, pero una vez que el agua toca tus poros, sientes como el baño se inunda del mismo aroma de la noche anterior. Aún más, deja de ser glamoroso saber que la noche anterior te fumaste una cajetilla completa y además tuviste el descaro de pedirles cigarros a desconocidos.

Pero está bien, si eres adicto y tienes la situación económica que te permita solventar una lenta y dolorosa muerte producto de un cáncer de pulmón y vivir el resto de tus días dependiendo de un tubo de oxígeno y/o inhalador, excelente por ti. Pero para quienes tenemos la suerte de ser (o haber sido) fumadores sociales, la cuestión se torna totalmente distinta y mucho menos siniestra.

Los fumadores sociales se llevan al cigarro a la boca cuando se encuentran acompañados y no lo necesitan en soledad. Los fumadores suicidas se llevan el cigarro a la boca durante todo el día, sin importar zona horaria ni compañía alguna. Están enamorados de sus tubos tóxicos y sufren cuando no los tienen cerca. Por experiencia propia, estuve al borde de cruzar la delgada línea del suicidio.

Pues bien, recuerdo perfectamente la primera vez que encendí un cigarro. Tenía trece años y en vez de comprar los chocolates de diez pesos en la esquina, compré un cigarro suelto y varias pastillas de menta. Me preocupé de salir de casa con la colonia inglesa de mi abuela en la cartera. Con dos amigas de infancia nos fuimos a un parque cercano. Éramos tres niñas ingenuas intentando usar un encendedor, que en aquellos tiempos, representaba un objeto maligno con el cuál podrías sufrir severos accidente. Logré prender el cigarro, me lo llevé a la boca y comencé a toser como si mis bronquios presionaran por escapar de mi cavidad toráxica. Recuerdo que fue una de las experiencias más asquerosas de mi vida, después del guiso de guatitas con cochayuyo.

Por supuesto mi mamá me descubrió y prometí que no volvería a fumar nuevamente.

Pero obviamente todo se fue a la punta del cerro luego. Y es que uno cuando es joven piensa que es inmortal. Volví a encender un cigarro y debo aclarar que prendí muchísimos más de lo que ustedes podrían imaginar. Primero comencé con aquellos cigarros después del colegio, ése que es compartido, baboseado, de mala calidad y que en el fondo, detestabas. Luego prendí cigarros más amenos, con grandes cantidades de trago barato, en algunas de esos primeros carretes en los que uno siente que tiene el control del mundo. Más tarde encendí cigarros mientras disfrutaba de buenas conversaciones, menos cantidad de alcohol pero sí de mejor calidad, para finalmente encender cigarros antes de una prueba de cátedra mientras me regocijaba de compartir temores universitarios con los adictos de mis compañeros.

Y es que pasa que en la escuela de Periodismo de la UCN son todos unos adictos. Lo digo con total fundamento. Debe haber, con suerte, quince personas que no fumen. La misma señora del negocio de nuestra escuela dice que se le acaban antes los cigarros que las cajitas de leche con chocolate, los repollitos con manjar y los paquetes de quequitos. Pregúntenle no más. Por otro lado, es una abominación bastante comprensible pues considero que fumar se puede deber a tres cosas: mantener los dedos ocupados, canalizar el nerviosismo y/o ansiedad y el suicidio a largo plazo. Lamentablemente la mayoría de los humanistas reunimos estas tres características. Triste por nuestros pulmones, bacán por las compañías tabacaleras que se enriquecen gracias a nuestras debilidades humanas.

Llevo un mes sin fumar. Creo que nunca había decidido dejar el tabaco por decisión propia. Es más, confieso haber saboteado varios intentos de abandonar este hábito por parte de mis amigos, soy culpable y lo admito, pero es que siempre vislumbré un atisbo de angustia en sus rostros, pero en cambio para mí ha sido fácil. Es cuestión de remontarme a los quince años cuando tenía una idea fija: “Cuando esté por cumplir los veinticinco años dejaré de fumar porque habré pasado casi una década metiéndome veneno en los pulmones” Y resulta increíble notar como pasa el tiempo y las promesas valen menos que papel picado. Aún así lo hago porque: tengo algunas metas en la vida que se verán truncadas si muero, porque necesito ahorrar y porque huelo a basurero después de un holocausto los sábados y domingos por la mañana.

domingo, 27 de febrero de 2011

10 mitos de niñez

- No hay un gordo escondido en el subterráneo de las bencineras soplando para inflar los neumáticos.

- La sopa de espárragos no está hecha con carabineros.

- Las nubes no son el colchón de Dios.

- La miel la producen las abejas, no las luciérnagas.

- Las personas no están dentro de la cajita llamada Tv.

- Los rinocerontes no son unicornios con obesidad mórbida.

- Las bolitas de mantequilla de los restaurantes no fueron hechas con la dentadura rota de la cocinera.

- El duende de los calcetines no existe.

- Los gatos no tienen siete vidas.

- Los chocolates no son heces de unicornios.

lunes, 14 de febrero de 2011

14 de febrero

Es catorce de febrero y la multiplicidad de sentimientos que la fecha genera va desde la felicidad inextinguible hasta la depresión que conlleva a atentados contra su persona como el alcoholismo, adicciones a narcóticos y/o autoflagelaciones.

Si usted siente una tendencia autodestructiva y lleva algún rato torturándose con canciones de la FM2 porque este año no le ha ladrado ningún perro, mis palabras le vendrán de anillo al dedo. Asi que continúe leyéndome porque le aseguro que si usted se encuentra abatido, lograré sonsacarlae algún pensamiento positivo.

Lo cierto es que según una estadística que vi en uno de esos canales de autoayuda (ese donde enseñan a la gente a vestirse decentes por la vida o programas sobre señoras que dan a luz sin saber que estaban embarazadas) decían que en promedio uno debe besar a 68 sapos antes de encontrar al príncipe ideal (o princesa, o reitero príncipe si es que usted es gay)

Con este personaje me refiero a aquel ser idóneo que se pasea entre sus mas íntimos deseos de abandonar una vida en soledad y alcanzar por fin la felicidad. Porque es bien sabido que la verdadera felicidad es como una cerveza, sabe mejor cuando es compartida.

Porque… ¿para que sino se celebra esta fecha? Si nos remontamos en la historia, existen varias teorías que explican el porqué de esta celebración que para algunos es inútil y para otros es una bonita ocasión. Una de las teorías es que en estas fechas en los países nórdicos algunas aves se reúnen para aparearse tras una danza. Muy similar a lo que ocurre con los seres humanos después de una disco. Sin embargo, otros creen que se trata de una fiesta pagana que se realizaba cada catorce de febrero y cuyo origen romano exaltaba la adoración del Dios del amor, Eros, a quienes los romanos llaman Cupido. Ahora, si nos ponemos escépticos, no existe una teoría mas o menos cuerda que nos lleve a asociar este personaje con una personita en pañales apuntando con una flecha a diestra y siniestra. Mas siniestra que diestra, en la mayoría de los casos.

El amor es una cosa personal e intransferible. Cada quien sabe cuales son sus necesidades y sus límites. Entonces, si en este momento usted se mortifica porque nadie le manda un mensaje amoroso, ni le dedica una canción que haría llorar a Ricardo Arjona, ni le compra algún regalito empalagoso que contenga osos de peluches abrazando algún corazón deforme, chocolates o flores, consuélese sabiendo que aún quedan muchos sapos por besar y que, de cierta forma, el camino hacia el verdadero príncipe (o princesa, o reitero príncipe si es que usted es gay) puede ser bastante entretenido si entre sapo y sapo, se asoma un atisbo de realeza. Y la ilusión no la pierda de vista, que habrán muchos catorces de febrero y aún estamos libres de que nos inserten un chip bajo la piel que publique nuestras emociones a través de redes sociales sin que podamos evitarlo, y de paso, dejándonos en vergüenza.

En fin, les deseo un feliz día del amor y la amistad a todos.

jueves, 10 de febrero de 2011

Veinticuatro

Cuando una de repente despierta y tiene 24 años, se da cuenta de que el mundo dio muchas vueltas más de las que parecían haber dado. Una se da cuenta de que no puede seguir de pajarona lesa por la vida, porque se supone que pasados los veinte años, una debería asimilar que los finales de Disney eran metáforas retorcidas de la realidad y entre príncipes ficticios y animales que hablan, una lo más que termina acercándose a estas fantasías es poner el pastel recién horneado en la ventana y luego tragárselo con la miseria escurriendo de azúcar.

Y una comienza a sentirse mayor. Obligada a responder ante el mundo. Arrastrada hacia las responsabilidades que con tanto esmero intentó eludir con la delicadeza de una niña ingenua.

Cuando una de repente despierta y tiene 24 años, se da cuenta de que quedaron muy atrás los años de colegio, se da cuenta de que la universidad no te enseña lo que el profesor repite incansablemente en clases, sino que las verdaderas lecciones son aquellas mordeduras de lengua, levantarse de los tropiezos y sobarse las rodillas ensangrentadas sin decantar ninguna lágrima. Ésos son los verdaderos signos que nos recuerdan que hemos dejado de ser niños.

Cuando una de repente se despierta y tiene 24 años, las habilidades de escapista comienzan a hacerte quedar mal. Es de pésimo gusto arrancar de los problemas. Cuando una crece, se percata de eso, y ya no es cuestión fácil arrancar de la carrera profesional que no te gustó por un detalle exiguo, o terminar una relación sentimental solo porque tienes ganas de pasar más tiempo con las amigas.

Cuando una crece, se ve obligada a buscar argumentos más profundos para abandonar lo que sea que vas a abandonar.

Y una se mira al espejo y se da cuenta de que ha alcanzado algunas cosas que alguna vez temió. Entre la tintura del pelo, la grasa adiposa pegada en ciertos lugares del cuerpo que resultan prácticamente imposibles de quitar, una pequeña arruga sobre el labio, entre las cejas, y así incontables detalles que me recuerdan diariamente que el tiempo no pasa en vano. Y eso que sólo tengo 24 años. En diez años mi versión del espejo será un buen guión de película de terror.

Y cuando una de repente despierta y tiene 24 años, se pone alarmista. Una empieza a ver sin ver, a negarse sin negar y a tomar menos pero de mejor calidad. Una empieza a disfrutar más de un par de horas de un buen vodka con amigos, que pasarse la noche entera entre fiestas de desconocidos tomando de un vino barato y terminar con el maquillaje corrido en algún lugar reprochable.

Una empieza a preguntarse muchas cosas.

- ¿Era aquí donde quería llegar?

- ¿Era esto a lo que me quería dedicar por el resto de mi vida?

- ¿Cómo puedo escaparme sin que nadie me tache de cobarde?

Y una a los 24 años deja de perturbarse con el infinito del cielo y comienza a buscar a Dios. Y una empieza a intoxicarse de películas, libros y series de televisión en una eterna búsqueda de la respuesta. Una comienza a acercarse a la meditación, a la música. Una no quiere perder esa fibra sensible que hace que el mundo, en cada giro, te recuerde que aún eres una niña por el simple hecho de maravillarte con cada cosa.

Pero una a los 24 años debe hacer cosas de adultos. Como por ejemplo: ir al médico y no llorar, ir al dentista y no llorar, no meter restos de comida debajo de la cama, no gastarse la plata en la sección de dulces del supermercado, disertar y no llorar, plantear un problema sin que a una le tirite la voz, manejar sin haber consumido alcohol, hacerse cargo de los actos propios sin alegar demencia y no llorar frente a los carabineros y/o autoridades públicas.

Una a los 24 años no tiene muchos beneficios. Una obligación mental se pasea por la cabeza, una no quiere que los padres sigan esforzándose demasiado, porque si mi mamá lava mucho la loza le da la soriasis y si mi papá sigue tapando muelas, terminará con una joroba muy dolorosa. Y una se cuestiona si de pronto es buena idea vender el playstation y el ipad para tomar una maleta y recorrer la India y trabajar vendiendo postales en alguna calle hedionda. Una a los 24 años ya no quiere ser un cacho, pero tampoco quiere trabajar…

¡Porque trabajar es el primer paso de la adultez inmediata!

Y de ese paso, no existe regreso.

Una ya no vuelve a ser una niña, sino hasta que te vuelves anciana y te cambian pañales.

Por eso, una cuando despierta y tiene 24 años, piensa bastante más las cosas que cuando tenía quince. Te cambia el paradigma. Ya no son 23 y el próximo año será un cuarto de siglo. Y cuando te comienzas a dar cuenta de que tus amigos ya son abogados y médicos exitosos en la capital y otros tantos se están comenzando a casar, comienzas a intentar meterte debajo de la cama para que la realidad no te aplaste. Pero en realidad lo que te aplasta, inevitablemente, es la misma cama.

Así que en realidad lo que me duele de esta edad, es que la cama me está aplastando. La conciencia me golpea cada mañana y me dice “búscate un trabajo pagado”, “sé adulta”, “no llores cuando disertes”, “no cantes canciones de musicales”, “no sirve de nada quedarse encerrada en el baño y dejar la vida pasar”, “enfréntate a tus miedos” y sobre todo: “crece”.

Cuando una de repente despierta y tiene 24 años… puede reconciliarse o no con Dios. Puede decidirse a creer o no creer. Sobre todo decidirse a no perder la ilusión en los finales felices de esas películas que disfrutaba a los cinco, a los quince, y a los veinticuatro años.

jueves, 27 de enero de 2011

Princesas


Las princesas de mis cuentos de hadas favoritos eran la personificación perfecta de la femineidad y la bondad. Eran excelentes cantantes, cocineras, bailarinas y aún mejor, se comunicaban con los animalitos del bosque mediante el uso de un don secreto muy especial, talentos que solían ser regalos de las hadas o en su defecto, alguna protectora mística.

Las princesas de hoy se delinean los ojos y se ponen pestañas postizas. Algunas se tiñen el pelo de colores estrambóticos. Las prendas de vestir que usan, podrían alarmar a más de alguna abuelita retrógrada. Y cantan rock. Pero ni siquiera lo hacen bien. Les modifican las voces en sofisticados estudios de grabación. Gastan lo inimaginable en publicidad. Venden una imagen moderna que sirva de patrón para las nuevas jóvenes generaciones de niñitas que crecen con modelos de princesas con carácter, que se imponen frente a situaciones extremas, dejando de lado el encanto de la más tierna y enraizada niñez.

Yo me quedo con el tul y el encaje rosa. Me quedo con el vestido confeccionado por ardillitas y pajaritos silvestres del bosque. Me quedo con ese pastel recién horneado que la dulce princesa suele dejar en la ventana para que se enfríe, tentando al gato y a la madrastra. Me quedo con esos recuerdos.

Gracias

Siempre pienso que tengo tanto que decir en este espacio. Me pongo a pensar... y claro, quienes leen este blog,en su mayoría, no son mis amigos ni mis familiares. Son una tropa de desconocidos muy agradables, cuyos comentarios estimulantes no suelo responder pero sí generan en mí un encendido flash-de-luciernaga feliz.
Pues bien, continúo pensando... ¿será hora de que empiece a dejar vestigios impresos de aquellos pensamientos de medianoche? Lo digo por el inminente holocausto eléctrico del cual nos veremos directamente perjudicados quienes hacemos uso y usufructo de miles de millones de servidores y redes tecnológicas alrededor del mundo. ¿O continuamos semicomunicandonos a través de Internet como una gran aldea global de superficialidad y banalidad?
Perdón por ser alarmista.
En realidad, sólo quiero agradecer.
Tenemos suerte aún de que nuestros enchufes funcionen a la perfección.
Muchas gracias.

Carta al destinatario

Hoy releí tu caligrafía. No intenté buscarles un nuevo sentido. Sólo me limité a observar el tamaño de tus letras grabadas en mi papel, dulcemente cursivas, escondiendo su esencia tosca y agresiva. Hoy al releerlas pude comprobar que si tal vez le hubiera tomado más atención a la forma en que escribiste aquel mensaje en mi libreta de flores, hubiera comprendido todo sin tener que esperarte por las madrugadas, ni tener que cargarte por donde fuese, atormentada por las horas, las condiciones y los mensajes subliminales con las cuales me apuñalabas todos los días.

Por suerte no fueron muchos días. Desde que te conocí hasta que decidí borrarte de mi vida no deben haber pasado más de cien días. Y fueron tal vez los cien días más felices y más caros en la historia de los días nefastos. No podemos negarlo. Ambos sabíamos que se trataba de un espejismo. El desierto nos unió por una simple razón; confundirnos.

Yo estaba enamorada de ti. Deseché mis ideales antiguos e idealicé tu semblante y pasaste a tener mi sangre. Me debía a ti, tú te debías a mí. Las historias de amor, las más descabelladas, ésas en que se vencían todos los obstáculos, a tu lado existían como existían nuestras aprehensiones. Como nuestras noches eternas hablando de la muerte.

¿Nos equivocamos demasiado, verdad?

Éramos jóvenes…

Hemos crecido bastante desde la última vez que nos vimos.

La última vez que nos vimos yo pensé que me moriría.

¿Cómo pudo ser amor eso?

Me niego a creerlo.

Hoy releí tu caligrafía. Le prendí fuego a la tinta que escurrió de tu cerebro y que se quedó tatuada en mi retina. Me di cuenta que dejarte ir ha sido la decisión más inteligente y acertada de mi precipitada vida. No me quedaban más comodines. Sabía lo que vendría. Conocía tu jugada y me retiré con la esperanza de no salir tan perjudicada.

La de noches que me pasé aguardando alguna señal tuya, alguna señal de aquellas que procurabas guardar cada día para mí, se habían ido, como tu sombra, como tus luces. Estabas tan apagado. Y tuve tanta, tanta, tanta suerte de dejarte ir con el dolor de mi alma, que me ahorré muchas nuevas llagas.

No te dejé ir. Me fui yo. Tú te quedaste aferrado a ése desierto. Con un duro espejismo nuevo que probablemente haya cambiado parte importante de tu ser. Yo también cambié.

Éramos jóvenes…

Fue hace trescientas lunas.

Te cuento que ya no me sirves sino como una pizca mordaz de inspiración cuando requiero de mis notas lúgubres en textos que descubren el alma de mis dedos. Me he vuelto a enamorar. Y él es tan bueno, que no intenta matarme en cada beso.

El amor es más lindo, cuando no acaba en muerte.

Aprende... aprehende.

martes, 18 de enero de 2011

Cien mil un millón

Puede ser esa nuestra canción. Quiero que sea nuestro tema. Soy un poco feliz cuando tus palabras me tocan así, bruscamente. Yo tengo todo calculado. Tú te dejas arrastrar por los impulsos de la noche. Secas mis lágrimas. Puedo contarte que me aterra este silencio desechable. Me besas y te tragas las penas que escurren por mis mejillas. Siento que tengo tanto aún por contarte. No me alcanzan las intensiones. No sé configurar las palabras. Procuro no quererte mucho. Procuras no parecer interesado. Intentamos discutir para romper la rutina. Tu risa me da risa. Me tocas. Descubro, sin que te des cuenta, la mirada de idiota que pones al mirarme. Me llevo el licor a los labios. Me sigues para estar solos. Me besas entre carcajadas en la oscuridad. Simulamos que todos se lo imaginaron. Somos un par de ilusiones ópticas. Me golpeas. Me cuidas. Te pregunto; cien veces, mil veces, un millón de veces. Me respondes cien veces, mil veces, un millón de veces. Me preguntas; cien veces, mil veces, un millón de veces. No respondo.

Sin-taxis

Te contaron esa historia de nosotros dos caminando por una playa sin olas ni viento ni miradas ajenas a las nuestras esparcidas por el viento a traves del firmamento y por medio de todos los juramentos aun sabiendo que de todas las maneras posibles seguias sigues y seguiras sabiendo que te miento.

Te contaron esa historia de nosotros dos escribiendo una tonelada de versos sin acentos ni comas ni puntos suspensivos ni detalles textuales relacionados con todo lo que siento y que no las puedo verbalizar por temor a no saber como unir las consonantes ni las vocales ni las pupilas ni las cosas que debería saber conectar y que aun asi no se hacer por temor a equivocarme de nuevo.

Te contaron esa historia de nosotros dos escondidos en el desierto sobrepoblado de nadie ni nada ni tu ni yo ni la materia prima ni los infinitos granos de arena que se dibujan en el cielo pintando universos eternos de estrellas que alguna vez se encendieron y hoy danzan en la nebulosa del tiempo como tu y como yo que no sabemos de donde venimos ni a donde iremos.

Te contaron esa historia mia escribiendo para ti saltandose todas las normas de ortografia y sintaxis sin poner ni un maldito punto ni una maldita coma y ni un maldito acento.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Adios dos mil diez

No te sentí llegar, pero cuando lo hiciste, pensé que las cosas serían distintas. Siempre tuve la impresión de que vendrías a remecer mi mundo, ése que construiría con tus ideas disparatadas pero refinadas por mí cordura. Pero me equivoqué. Te fuiste así, tan de pronto que ni siquiera sentí la brisa cargada de banalidades a tu alrededor, ni la sensación de que podrías deshacer mis tormentos con la fuerza de tus ideales y las bifurcaciones del viento. El peor error de todos fue creer que serías inmortal. Porque de cierto modo, siempre creí que te quedarías.

Hubo muchas lunas de amores, muchos soles de espera. No te sentí llegar y sin embargo, sabía que estabas cubriendo mi espalda. Pero me equivoqué. Me equivoqué tanto que a ratos siento ganas de desvanecerme en agua. Aguarda. Tengo una botella de vodka. No sé si quieras brindar conmigo año dos mil diez, quizás no te queden ganas, siento que te han manoseado tanto… La gente insiste en que fue un pésimo año para Chile, desde la perspectiva de los desastres naturales y las irregularidades de las instituciones y el Gobierno. Pero que más da. Ya no quiero escuchar más noticias tristes en la televisión, año dos mil diez, te prometo que con lo que me restregaste en la cara durante los doce últimos meses, tengo cubierta la cuota de fatalismo de por vida. Pero que importa ahora. A horas de que me abandones, recuerdo todos los que te precedieron. Todos prometieron romances eternos. Y siento algo de ahogo y náuseas. No fuiste un buen año. No te portaste nada de bien. Tu maldita brisa arrastró a mi puerta una sucesión asfixiante de personajes pintorescos pero demasiado surrealistas. Incluso trajiste basura camuflada en notas musicales. No te conformaste con remecerme el piso, tuviste que desmoronarme los ventrículos. Pero qué importa ahora ¿verdad? Podrías decir a tu favor que pusiste en mi tablero un sinfín de peones idiotas esperando por un beso con sabor a tabaco de madrugada. Yo ya me cansé de buscar al príncipe azul escondido detrás de aquellos rostros conocidos que secretan necesidades absurdas e irreales. Conozco a la mayoría de los de tu tipo, año dos mil diez, configuraste una ilusión óptica y luego me obligaste a alegar demencia.

Mal, muy mal.

Salud por eso.

En fin, qué más da a estas alturas. No te condeno a nada porque si alguien es culpable de tanto material podrido en el cerebro, sin duda son mis adicciones. Mis adicciones a la compañía condicional, a los dispersadores mentales, a los libros de magia y la ferviente creencia de constelaciones, amores eternos y animales míticos. No. Pero eso quedo un poco atrás… resulta que cada vez me acerco más a tener que sentar cabeza. Salud por eso también.

Y ahora que ya te dije lo que tenía en el tintero de las ideas, te dejo el resto de la botella. En realidad no quiero seguir tomando contigo. Es más, no quiero sonar grosera, pero no eres tú el que me abandona, soy yo la que te dejo por adelantado. Viene una nueva década llena de cosas sorprendentes. Quizás me ría de tus anécdotas. Por ahora quédate con el licor. Envenénate un poco más. Muérete lentamente año, que pasado mañana nadie te echará de menos.

martes, 28 de diciembre de 2010

Supermercados

Los supermercados son como una gran agenda gráfica que nos recuerdan ciertos eventos durante todo el año. He aquí el análisis sociocultural por fechas* de acuerdo a las piezas iconográficas que colocan estratégicamente en los pasillos más concurridos de dichos recintos:

FEBRERO

Señales: Decoración rosada, abundancia de una extensa variedad de corazones de diversos tamaños y colores, confetis rojos y flores en la mayoría de las etiquetas.

Intensión: promover el consumo masivo de regalos empalagosos para el día de los enamorados.

MARZO

Señales: Huevos de colores, conejos con rostros amigables y cintas de colores.

Intensión: Pascua de resurrección y la insufrible tradición del conejito que esconde huevos de chocolate, aumentando no sólo los índices de morbidez infantil sino también las consultas odontológicas a raíz de caries.

AGOSTO

Señales: Banderas chilenas, adornos patriotas, cintas blancas, azules y rojas, globos de los mismos colores, sombreros de paja, vinos y uvas, dibujos de empanadas, trajes folclóricos y autóctonos, piezas musicales correspondientes a cuecas chilenas.

Intensión: Fiestas patrias, la que nacionalmente se trata de la festividad que permite la instancia de emborracharse sin culpas más que la de sentirse orgullosos del país originario.

OCTUBRE

Señales: Calabazas naranjas con rostros amigablemente terroríficos, confetis negros, violetas y anaranjados, globos de la misma gama de tonalidades sepulcrales, calaveras, huesos, zombies, fantasmas y brujas en etiquetas de caramelos y disfraces.

Intensión: Celebración del día de todos los muertos o superficialmente conocida como Halloween. Es la oportunidad perfecta para salir a pedir dulces y lanzar huevos a vecinos furibundos.

DICIEMBRE

Señales: Pinos verdes decorados con luces de colores y una amplia gama de ángeles, estrellas, cascanueces, cintas doradas, cascabeles, viejos pascueros y pesebres. Nota importante: los villancicos invaden las mentes y terminan desatando un odio irrevocable ante ellos.

Intensión: Celebración de Navidad o para los católicos, el nacimiento de Cristo. Ocasión ideal para cerrar el año con deudas y regalos innecesarios para quienes no se lo merecen o simplemente el gusto de gastar todo el dinero en comprar cosas en la época en donde su precio se dispara de manera impresionante.

Así que no se deje engañar. El supermercado no sólo es el proveedor de alimentos y enceres para su familia, es también un excelente recordatorio de que es imposible escapar de ciertos eventos socialmente adquiridos e inútilmente existentes.

*Las fechas se presentan con semanas de anterioridad al evento en sí, con el fin de meterse en la inconciencia de las personas y obligarlos a sucumbir ante la compra compulsiva y la posterior muerte.

Memorias de diabolo

Nunca fui de las que jugó diabolo en el colegio. Es más, yo era de las que se quedaba sentada con un libro entre las piernas mirando como los niños realizaban, de maneras complejas y audaces, trucos con sus diabolos a través del aire. Las niñas por su parte, saltaban a la cuerda y preparaban bochornosas coreografías al ritmo de las melodías de moda.

Yo nunca hice nada de eso.

Pero qué días aquellos. Los Inkats costaban cincuenta pesos y los Kapos tenían personajes frutales como protagonistas de sus coloridos empaques. Me caía bien Willy Piña, fue la primera piña con anteojos que no confundí con una palmera gigante; aunque por alguna cosa del destino ahora cada vez que lo recuerdo, oigo la voz de un amigo que destruyó mi ilusión y lo apodaba con un nombre de dudosa reputación que no reproduciré en este medio por temor al oprobio.

Sin embargo, nunca me cayeron bien los diabolos. Tengo varias razones: siempre fui una de sus potenciales víctimas ya que solían caer sobre mi cabeza o sobre los dedos de mi pies deformes de bailarina de ballet que no tomó las precauciones necesarias al usar zapatillas con punta de fierro, pero esa es otra historia, además, me echaron de ballet porque alcancé el tamaño y el peso de un hipopótamo adulto y las tablas del escenario solían crujir bajo mis torpes e inútiles pasos de danza.

Pero en fin, el diabolo no era lo mío. Lo intenté varias veces. Lo hacía rodar en el suelo para luego agitar una de las dos varillas conectadas por una cuerda y tratar de darle velocidad a lo que con seguridad fallaría o irrevocablemente caería al suelo desatando la tragedia y la vergüenza.

Y pese a que siempre tuve la suerte de contar con más amigos hombres que mujeres, lo cual es un alivio pues yo misma soy un costal con suficiente progesterona y cambio hormonal como para mover el eje de la tierra con mis delirios premenstruales, la mayoría de ellos son gays en la actualidad y ninguno de ellos tampoco jugó diabolo, es más, tenían más precaución que yo al correr por sus vidas una vez que algún desubicado se ponía a lanzarlos por el aire.

Por eso nunca jugué diabolo. Por eso nunca jugaré diabolo. Y me acordé de este juguete que alguna vez en la historia de las cosas pasadas estuvo tan de moda, ya que mi actual séquito de amigos hombres (cabe destacar que este grupo no es gay) todos con sus veintitantos años bien puestos, lanzaron el diabolo por el aire el día de ayer, acto que arrojó el siguiente saldo:

- Un cuasidelito de homicidio en mi contra, con obstrucción al cableado público y trauma de dedo chico del pie izquierdo y tic en el ojo.

- Un rebote violento sobre un vehículo decentemente estacionado, ocasionando una escapada maratónica y un posterior desgarre de nalgas para el culpable.

Por eso recuerden: el diabolo puede ser pequeño y de un color muy inocente, sin embargo, carga consigo un estigma de violencia arraigado desde su origen etimológico hasta las victimas que ha cobrado a lo largo de su macabro reinado en el mundo de los aburridos y malabaristas ociosos.

El búho


El búho que mira por la ventana tiene los ojos pequeños y un brillito incandescente en sus pupilas.

Tiene el tamaño de mi pincel más pequeño.

En mi imaginación, envía la correspondencia de aquellos que aún redactan a mano.

El búho de mis sueños no cargaría un papel escupido por una impresora, él no sería capaz de cooperar con la destrucción masiva del arreglo de errores tipográficos mediante artilugios virtuales reprochables.

El búho que se esconde de los cambios estacionarios, se deja ver en menguante y solsticios. Es vegetariano y respeta la vida animal, cubre con sus plumas las flores que en invierno tiemblan con el viento.

Es intelectual y posee grandes conocimientos de astronomía, literatura y filosofía.

Deambula por la historia de las ideas, recorta nubes con su estela plateada.

El búho de mis sueños es vigía de los caminos y los sueños.

El búho que yo veo, no es el mismo que ronda en la memoria colectiva.

El búho es mágico.

Tiene escarchas y esta hecho del material de las estrellas, igual que las personas e inclusive los humanos sin alma.

martes, 21 de diciembre de 2010

Malcriada mode on

Si tuviera que elegir un personaje de serie que me representara, sin duda alguna sería Jackie Burkhart del sitcom gringo “That 70’s Show”. Los motivos son varios; ella puede exigir unicornios de peluche, vestidos, pasteles y la atención de quienes la rodean, con tan solo apelar a su condición de princesa moderna.

Ser malcriada y caprichosa esta socialmente mal visto, es como hacer público el gusto por asesinatos morbosos y violentos, por eso uno lo niega y convence a los demás que una está compuesta de una sensibilidad aguda y un profundo compromiso social. Pero eso es falso; por lo menos en mi caso, se los digo porque soy sincera y porque me gustan los unicornios de peluche.

Que pase a cuarto año de periodismo y aún no le halle el gustito a sentarme a ver noticias y enterarme del acontecer nacional e internacional, por el momento, me tiene sin cuidado. Creo suponer que el golpe de madurez me lo entregará la vida en el momento indicado y no ahora, que me deleito de días soleados, cerveza, animales mágicos de algodón, óleos, crayones y otras hierbas, ingredientes que componen la perfección de mi hedonismo y pensamientos vagos superficiales.

No se confundan, tampoco soy tan basura. Sólo que soy sincera al decir que desearía poder mandar a las personas como súbditos sin que intenten derrocarme por la espalda. Es todo.