martes, 21 de diciembre de 2010

Reportaje vivencial

COMIENDO PASTO

Recuerdo mi niñez a los seis años sentada en la mesa. Odiaba la gran mayoría de los vegetales cocidos, las legumbres y los interiores de mal aspecto. Mi mamá siempre me decía “María Luisa, hay niñitos en el mundo que se están muriendo de hambre en este momento” y yo, testaruda y bastante malcriada en cuanto a hábitos alimenticios, sólo comía lo que quería y odiaba las verduras cocidas, legumbres e incluso cazuelas. Mis hábitos de niñez no cambiaron a la actualidad. Fanática del queso, dulces y masas en general, me convertí en vegana. Para saber cuán difícil es vivir en una sociedad que estigmatiza algunos hábitos alimenticios por prejuicios o simple falta de información.

Por: María Luisa Córdova

Como todas las de mi género, he pasado gran parte de mi tiempo debatiendo mentalmente cuán gorda puedo estar. Las mujeres pensamos sólo una cosa: nunca estamos lo suficientemente flacas. Y si bien algunas rayan con eso comentándolo con todos, otras solamente lo piensan. Pero se encuentra en nuestra esencia, tal vez por un concepto de belleza y vanidad inserto en nuestros genes que varia de acuerdo al contexto social, o simplemente por no estar nunca conformes con nada.

Lo cierto es que nunca me he privado de ningún alimento. He intentado en vano hacer algunas dietas de moda, esas dietas que te condenaban a consumir verduras y que mi madrastra antes de cada verano imprimía y solía pegar en la puerta del refrigerador como para convencer a mi papá de que también la siguiera pero que al final nadie terminaba. Yo duraba, con suerte, media mañana. Siempre caía en la tentación del pan con manjar a media tarde y pizza con jamón y choricillos, por las noches.

Pero ya hace tiempo venía observando que algunos de mi generación tenían hábitos alimenticios distintos a los de la mayoría. Varios de ellos se alejaban de la parrilla cuando en ciertos carretes se hacían asados y de paso, se aguantaban las burlas de quienes no concebían que alguien no comiera choripanes. Ellos se denominan vegetarianos y no consumen alimentos de origen animal. Pocos lo comprenden y muchos se ríen. Sin embargo, hay quienes han adoptado hábitos alimenticios aún más radicales, no consumen alimentos de origen y proceso animal, como el queso, la mantequilla, las masas de cualquier tipo e incluso la ropa confeccionada con cuero y fibra animal. Son los llamados veganos. Yo, sin pensarlo demasiado, decidí ser vegana por dos motivos; comprobar cuán fuerte es mi fuerza de voluntad y saber si Antofagasta ofrece un panorama alimenticio de calidad para quienes deciden abandonar los hábitos tradicionales y de paso, enterarme de la reacción de quienes me rodean.

Primeras reacciones

Mi madre revuelve una olla que contiene un gran trozo de carne de vacuno con verduras cocidas. Está dejando el almuerzo hecho para el día siguiente porque trabaja durante todo el día y sólo dispone de una hora para venir a casa a almorzar. Estoy moliendo una palta que pretendo poner entre mis dos últimas rebanas de pan, mientras una vocecita en mi cabeza me recuerda que ése pan que comeré tiene un pequeño ingrediente consistente en grasa animal, alejo la idea de mi cabeza y espero el momento adecuado para comentarle a mi mamá la decisión que tomé hace algunos días. Mientras rememoro su preocupación ante la evidente baja de peso que sufrí al comenzar el año, la que según ella se trata de una tendencia suicida con la alimentación y que yo al respecto suelo reír al escuchar. No lo pensé más. Sólo lo dije.

- Mamá, voy a ser vegana desde mañana – le dije con seguridad, dando la primera mordida a mi pan con palta

- ¿Qué es eso? –preguntó ella con curiosidad y un atisbo de fuerza en su voz, como si se estuviera preparando para una respuesta que pudiera molestarla.

- No voy a comer nada que venga de una vaquita – comenté con una risita – ni nada que venga de ningún animal. Y no puedes hacer nada al respecto.

Es difícil describir la primera impresión de mi madre al escuchar mis palabras. Su rostro se desfigura y deja la cuchara de palo sobre la mesa.

- Pero ¿en qué cresta estás pensando niñita? – me dice con la voz más alta de lo normal.

- Que no voy a comer nada que salga de una vaquita…

- ¡Si claro! Y te vas a desnutrir, y te vas a morir y yo voy a tener que pagar tu funeral… estás loca, no voy a dejar que te mates – me dice, con aquel tono que suele adoptar cuando quiere finalizar un tema y darse por vencedora en una discusión en dónde sólo ella expuso su opinión. Típico de mamás.

Gabriela, mi hermana de catorce años pero mentalmente bastante mayor que yo, me mira como si no comprendiera el idioma que utilizo para contarle sobre mis cambios alimenticios. Estamos encerradas en mi pieza, solas, como siempre que necesito revelarle algún secreto de mi vida que me perturba y que ella, con sus racionales consejos, suele espantar.

- Es estúpido que dejes de comer carne – me dice sin más – no porque dejes de hacerlo, van a dejar de matar vaquitas ¿sabias?

- Pero es un comienzo, además, no lo hago sólo por eso – le respondo.

- Pollo – me llama por mi apodo dibujando en su rostro una de sus tantas muecas que dan a entender la obviedad del caso - Si estás flaca… ¿por qué lo haces? ¿Es parte de alguna nueva religión rara que estás siguiendo?

Me quedo en silencio observándola. Tiene lógica. Es lo que pensaría la mayoría.

Sin embargo, no es necesario pertenecer a alguna religión para poder practicar este hábito alimenticio. Según el miembro fundador de la Sociedad Vegana, Donald Watson, "El veganismo es una filosofía de vida que excluye todas las formas de explotación y crueldad hacia el reino animal e incluye una reverencia a la vida. En la práctica se aplica siguiendo una dieta vegetariana pura y fomenta el uso de alternativas para todas las materias derivadas parcial o totalmente de animales”. Y me parece totalmente lógico, se adapta a la perfección con a mis convicciones acerca de evitar la muerte animal y, más aún, contribuye de manera importante en los problemas medioambientales y sociales a los cuales se ve enfrentada la humanidad. Es de suma importancia saber que la mantención de 1.300 millones de animales anuales ocupa casi el 24% de la superficie terrestre del planeta y no sólo eso, alimentarlos ha provocado su superpoblación y posterior desaparición de especies de animales y vegetales por servir de alimento para los animales ubicados en enormes explotaciones ganaderas alrededor del mundo.

Entonces da para pensar. Me sorprendo preguntándome a mi misma ¿es realmente tan descabellado llevar una dieta vegana? Porque desde que comencé a explicarles a mis compañeros y amigos de la Universidad que no puedo comer roscas debido a que contiene huevo, me han mirado bastante extraño. Es cierto, uno rompe la normalidad al revelar una tendencia alimenticia distinta. Según mi propia y fidedigna estadística, siete de cada diez personas a las cuales les he comentado que soy vegana han puesto cara de extrañeza, luego preguntaron qué significaba ser vegana y a continuación dijeron frases como las siguientes: “estas loca”, “yo no podría”, “te vas a morir de flaca” y “no seas ridícula”. Pero no me importa demasiado, según Aida Molinari, nutricionista y actual docente de la Universidad del Mar, “mientras se reemplace responsablemente las proteínas entregadas por los alimentos de origen animal y sus derivados, no deberían existir problemas de salud en quienes adoptan del veganismo su estilo de vida”, lo que no sólo me asegura que sobreviviré sino que me respalda científicamente frente a las escépticas miradas de quienes lo desaprueban. Y con mi breve minuta lista, mis suplementos alimenticios en cápsulas para evitar posibles desmayos y con toda la fuerza de voluntad del mundo, me preparo para enfrentarme a lo que venga.

Comer o no comer, he ahí el dilema

Es lunes y mi desayuno consiste en pan pita con palta y libre de manteca, con un vaso grande de jugo natural de pomelo y media manzana. Todo me agrada, menos el pomelo porque es demasiado amargo. Dejo la mitad del vaso y parto a la Universidad. Pareciera que fue un desayuno bastante contundente, pero no. A media mañana tengo hambre, pero desisto de ir al Salvavidas, el kiosco que se encuentra en mi facultad. Lo dejaré para después, prefiero olvidar que tengo hambre.

Y así llega la hora de almuerzo. Llego a mi casa para calentar el almuerzo que mi mamá dejó preparado la noche anterior; bistec a lo pobre. Ella deposita un enorme huevo frito sobre los trozos de carne mientras mira con preocupación como me limito a comer carne de soya con arroz, tomate y papas fritas. Su indignación es aún mayor cuando me niego a probar su mayonesa casera, con el corazón partido en dos. Mi padrastro en cambio, sonríe y me pregunta que tal está mi comida para perros, haciendo alusión a la carne de soya que hay en mi plato.

Y así comienzan a pasar los días. Durante las tardes intento evitar el ocio de pernoctar en casa para evitar caer en la ansiedad. Me siento con fuerzas para no comer los postres que hay en el refrigerador, el queso y las carnes. Sin embargo siento la necesidad imperiosa de comer de esas roscas fresquitas que mi mamá trae todas las tardes de la panadería que visita después de la oficina. Están dentro de un mueble. Estoy sola en casa. Podría comer una rosca que contiene una gran parte de manteca, grasa de origen animal, sin sentir remordimiento alguno. Lo pienso durante mucho rato, pero finalmente no lo hago.

De pronto, he comprendido que no venden snacks para veganos. Me he dedicado a leer los ingredientes de cada uno de los alimentos que ingiero. Ninguna barra de granola, cereal integral y ni siquiera los clásicos turrones se salvan de tener “gelatina de bovino”, “aceite animal” y “huevo deshidratado”. Lo imagino y me causa repulsión. Veo que mis amigos en el fondo se alegran de recibir los alimentos que debo dejar, y comienzo a sentir rabia injustificada y constante mal humor.

Los días pasan

Dos semanas de veganismo para quien acostumbró a comer pan con queso derretido viendo la televisión por las tardes, es prácticamente una tortura. Despierto algo enojada con el mundo, o por lo menos eso me aseguro de responder mientras por dentro sé que sólo tengo hambre. ¿Cómo es posible que todo lo estoy acostumbrada a comer provenga de un animal? Mi orgullo sin embargo, es más fuerte. Me guardo el pensamiento. Averiguo nuevas opciones para comer y me entero que existen pocas marcas de carne de soya disponibles en algunos supermercados, las frutas y las verduras en Antofagasta tienen un precio superior al promedio nacional y uno de los pocos lugares en donde se pueden adquirir alimentos de origen vegetal es la tienda “Govinda” perteneciente al templo Krishna ubicado en calle Ossa, una de las más centrales en Antofagasta y en donde los productos hechos de distintas variaciones de la linaza, soya, cereales y gluten, van desde los $2500 pesos. Y si consideramos que se trata sólo de la pieza fuerte del plato y no el acompañamiento, quienes son universitarios y viven con la plata justa para la semana, este tipo de alimentos puede escaparse del presupuesto. Por mi parte, vivir con familia me mantiene tranquila en cuánto a la preocupación de lo que comeré, sin embargo, ahora que soy vegana sin el apoyo de mi madre, comprendo que son pocas las cosas que puedo comprar y que generen una sensación de saciedad al tragarlas.

Mi mamá se ha relajado más, y aunque ella cree que no noté que la vi echando el jugo de carne del bistec sobre mis fideos sin huevo y hechos 100% de harina de linaza, entiendo su preocupación. Supongo que pretende obligarme a consumir las proteínas que no absorbo al llevar una dieta de origen vegetal, lo que ella aún no asume es que dejar de consumir carnes y derivados me ha llevado irrevocablemente a comer todas aquellas verduras y legumbres que en mi niñez rechacé tajantemente, me he auto obligado a tomar desayuno todas las mañanas, hábito que no practicaba desde que iba en el colegio y que sin duda es perjudicial para la salud. Lo que podría considerarse un gran avance, eso si se tiene en cuenta que mis hábitos alimenticios varían constantemente, ganándome el apodo de “pollo” con justa razón por ser algo enfermiza y bastante débil. Lo bueno es que mis amigos ya ni siquiera me ofrecen pizza y en su defecto, me compran papas fritas con anterioridad. Ya no duele la ausencia de queso en mi vida, mucho menos la carne, lo que sí me tienta son las cosas dulces.

Queda poco para terminar el mes. Compruebo que los días no han sido fáciles. Ser vegana en Antofagasta y no morir en el intento, requiere de ingresos más altos de lo normal. Requiere de paciencia para explicar a quienes lo ven como un atentado contra la salud y sobre todo requiere de muchísima fuerza de voluntad.

He salido a comer afuera antes de terminar el mes de vegana. Pocos restaurantes tienen la opción de plato vegetariano y prácticamente los menús están compuestos en su mayoría por alimentos de origen animal. He dejado de pasar rabias. Ya no miro con recelo a quienes se comen una hamburguesa frente a mis ojos, incluso, he dejado de sentirme tentada ante los pasteles, pese a lo anterior y gracias a la ingesta de las proteínas y minerales que encuentro en vegetales como el brócoli, la betarraga, la soya y las legumbres mi ánimo no ha decaído e incluso me siento más vital.

El último día de mí dieta vegana la concluí con nachos con guacamole. Exquisita merienda compuesta de una mezcla de palta, tomate y cilantro, las que como con fritos de maíz. Al día siguiente, mi familia hizo un asado. Puse en mi plato un gran trozo de bifé de lomo liso de cocción media, como solía preferir antes de adoptar el veganismo. Mi familia me observó jugar con los cubiertos durante un momento, mientras me encargaba de llenar el plato con verduras y simular el movimiento del trozo de carne. No pude comérmelo. Es más, tuve que devolverlo al asador. Y mi mamá, sin si quiera demostrar enojo, puso más espárragos en mi plato.

Resulta curioso que ya habiendo terminado el mes de veganismo, compruebe que mi madre incluye en la lista del supermercado la carne de soya que más prefiero. Mi mamá lo comprendió luego de interiorizarse al respecto, incluso ha buscado en Internet recetas para veganos lo que sin lugar a dudas me conmueve pues comprendo lo difícil que fue para ella. Mi hermana por su parte, dejó de comer carne también, aprendió a saltear todas aquellas verduras que ambas solíamos dejar a un lado del plato. En mi hogar todos adoptamos hábitos alimenticios más sanos, prácticamente no consumimos pan batido y lo hemos reemplazado por aquellos que sirve como buena fuente de fibra.

En la actualidad soy vegetariana y con orgullo puedo decir que puedo comer todas aquellas verduras que tanto detestaba. Una parte de mí ha dejado de ser esa niña malcriada y mañosa. Con un profundo respeto hacia el mundo animal y el medioambiente, he encontrado el equilibrio, apoyada por mi familia y amigos, quienes han aprendido al igual que yo, que una dieta debe ser responsable para mantener una buena salud física y emocional.

Reportaje vivencial: Jonas Brothers 2.0

A mi hermana Gabriela no le bastó con ir al concierto de los Jonas Brothers en mayo del año pasado, por lo que ahorró durante meses para adquirir dos entradas al sector VIP del concierto ofrecido por las estrellas de Disney el pasado 4 de noviembre. Si antes las jovencitas gritaban extasiadas por ver a los Beatles y a los Backstreet Boys, la euforia provocada por este trío de hermanos supera los decibeles permitidos por la ley capitalina. Y yo, me lo tuve que aguantar por dármelas de buena hermana. He aquí la experiencia.

Por: María Luisa Córdova

Sé que la distancia que recorreré no es menor. Desde Antofagasta a Santiago hay aproximadamente 1361 kilómetros, los cuales atravesaré por tierra con mi familia para darle en el gusto a mi hermana de catorce años que vive y muere por los Jonas Brothers, una banda de tres jóvenes estadounidenses que han sacado una serie de discos amparados por la factoría Disney y que han revolucionado el pop y las hormonas de millones de jovencitas alrededor del globo.

Mis amigos cercanos lo comprenden y ya no se burlan, mientras que en las redes sociales mis conocidos procuran dejar en claro mi pseudo fanatismo escondido por los Jonas Brothers. Yo hago caso omiso, tengo claro que sólo cumplo mi función de hermana comprensiva que a futuro espera tener ciertas regalías y privilegios. Lo cierto es que mi madre no iba permitir que mi hermana ingresara a un concierto absolutamente sola. Era un hecho que tendría que acompañarla. Llevo varios meses resignada y esperando un cataclismo que lo detenga, pero no, el día de partir ha llegado.

El viaje

El viaje hacia la capital no es tan desagradable como muchos podrían creer. Si bien son cientos de kilómetros en donde el paisaje no varía más que en distintas tonalidades de desierto, las paradas suelen ser realmente divertidas. Desde pasar a ver a la abuela a Copiapó, a los tíos en La Serena, comprar dulces de La Ligua y distintas revistas en cada parada para llenar el estanque de petróleo, hasta comprar chucherías como Tetrix, artículos para hacer burbujas y maquillaje estrambótico, entre otras diversiones varías, lo hacen sin duda mucho más llevadero.

Una vez que entramos a Santiago, como buenos provincianos, nos perdemos. Comprendo la utilidad del GPS como remedio para el mal humor del conductor; mi padrastro. Mi madre por su parte, como toda mujer, insiste en que ella tiene la razón y al final, llegamos a nuestro destino no sin antes ver sus rostros llenos de mal humor y cansancio. Bien por ellos, yo y mis audífonos tenemos una relación muy estrecha durante los viajes.

El primer día en Santiago transcurre rápidamente. Intenté entrar a la cantina popular “La Piojera” pero me pidieron cédula de identidad y yo, la muy pajarona, no andaba trayendo. Hay situaciones en la vida que a uno le dejan una enseñanza potente, en mi caso, aprendí a andar con mis documentos, nunca se sabe cuando está la posibilidad de emborracharse. Luego de eso nos fuimos al Parque Arauco a comer a un buffet porque llevábamos casi doce horas ingiriendo bebidas energéticas y empolvados. El Gatsby siempre es la mejor opción para olvidarse de mantener la línea gruesa y otras varias estupideces que rondan en el cerebro femenino. Luego de eso, no queda más que dormir para tener muchas energía para el día siguiente, que constará de Museo Interactivo Mirador (MIM) salpicado de niños pequeños gritones y unas cuantas parvularias histéricas, y alguno que otro atisbo de consumismo empedernido en calles Bandera y Rosas, en donde adquirir ropa de megastores como “Orange Blue” y su atractiva línea “Vintage Emporium” pareciera ser lo más divertido para una compradora compulsiva como yo, a diferencia de mi madre, que no lo soporta y me saca de una oreja de allí porque no aguanta el vitrineo excesivo.

Pero hay que dormir. Dicen que debo tener muchas energías para soportar un evento de la magnitud Jonas. Yo lo tengo claro, fui testigo de la euforia el año pasado en el Club Hípico, en donde se congregó una cantidad espantosa de teenagers sedientas de pseudo rock. Ahí estuve, firme junto al pueblo gritón, embetunada hasta los codos con bloqueador y entreteniéndome observando a la multitud y alguna que otra mamá desmayada de tanta presión.

Nos levantamos cerca de las diez de la mañana y al mediodía salimos del departamento ubicado en pleno centro. Siento una necesidad imperiosa de seguir durmiendo, pero me lo aguanto. Mi hermana tiene un rostro que cómo se los explico. Está pálida y dice que en cualquier momento vomita de la emoción. Es bastante expresiva al respecto, se aferra a mi brazo y me aprieta, así que me resigno a ser además de una acompañante, un método de relajación humano. Nos vamos a almorzar al Liguria con la esperanza de que la chica se calme. Ella pide tallarines con milanesa que deja a la mitad y yo una ensalada más un pie de limón. Siento que necesitaré azúcar para aguantar lo que se viene. Mi mamá se reúne con algunas amigas ahí en el restaurante y se separan de nuestro angustioso grupo porque ellas irán a ver a Chayanne. Mi padrastro nos acerca al Estadio Monumental y se deshace de nosotras asegurándonos que a la salida del concierto, nos esperará en el mismo lugar. Y se va. En el fondo está feliz, lo veo en su sonrisa a través del espejo retrovisor. Sé que por dentro se muere de risa por nuestro trágico destino.

Y empezó el show

Son las dos de la tarde. El concierto se inicia a las ocho. Deben haber, por lo bajo, medio millón de niñitas gritando. Esta bien, exagero un poco, pero son lo suficiente como para combatir en batalla y de paso, ganar por daño auditivo irreversible. Mi hermana esta delirando, me toma de la mano y me hace correr alrededor del Estadio en búsqueda de la entrada para quienes tienen ticket VIP. Le pregunta con desesperación a tres carabineros con cara de buena onda. Los tres le apuntan hacia la misma dirección y ella, testaruda y precipitada, pide instrucciones a cada carabinero que se encuentra en el camino, como para asegurarse que no se trata de un sueño. Cuando llegamos a la entrada, comprendemos que hay una fila de varias cuadras de largo. ¿Pueden creer que mi hermana le rogó al carabinero que la dejara colarse? Así sin anestesia ni nada, puso su mejor cara de angustia que el funcionario pasó olímpicamente por alto, lo que sólo provocó que ella pegara la vuelta y me arrastrara de la mano nuevamente, buscando un lugar en dónde meterse en la fila.

Dicho y hecho. Nos colamos en una fila, a pocos metros de la entrada. Mi hermana se muerde las uñas y yo le subo el volumen a mi reproductor de música. La fila comienza a avanzar y una vez que pasamos por el primer registro en donde enseñamos nuestra entrada a los encargados, mi hermana comienza a correr para conseguir el mejor lugar. Yo no entiendo porqué corre tanto, no podríamos tener un mejor lugar que el VIP pero ella insiste en que morirá si no ve a Joe Jonas de cerca. Luego de tres revisiones, hacemos ingreso al Estadio propiamente tal. El paisaje está teñido de rosado, miles de cabecitas saltarinas y gritonas se reparten por el lugar, cuya capacidad ha permitido el ingreso de más de 60.000 espectadores. Nosotras ingresamos a la zona VIP escoltadas por una señora que me pide propina por mostrarme la silla numerada que corresponde mi entrada. Busco algunas monedas y observo como mi hermana corre hacia el fierro que la separa del escenario y se aferra a él con tanto ímpetu, que parece un koala neurótico. Me acerco a ella sin mucha dificultad y le digo que estaré en mi silla durante todo el concierto. Vuelvo a sentarme y compro una bebida. Me preparo para lo que serán por lo menos seis horas de tortura.

Llevo dos horas jugando Tetrix. He muerto varias veces pero he conseguido llegar al nivel siete. Le subí al máximo el volumen a mi reproductor de música, con la ilusión de apagar los chillidos de las niñas que me rodean varios metros a la redonda. Soy como un cerebro jugoso frente a una horda de zombies, sólo que ellas no me quieren comer, sólo quieren romperme los tímpanos. La verdad es que la ubicación en la que me encuentro es fantástica. En otra instancia estaría delirando por ver a algún artista o grupo musical de mi preferencia, por ende, comprendo la euforia de mi hermana que ya he perdido de vista porque muchas otras más se han convertido en koalas gritones esperando la salida de los Jonas. Hay dos pantallas gigantes que transmiten videos musicales en alta definición, y cada vez que sale alguno de los Jonas, los gritos se hacen insoportables. Varios papás, al igual que yo, ocupan sus asientos VIP mientras se tapan los oídos cada vez que comienza el griterío. Intercambio miradas de resignación con algunos de ellos. Un hombre mayor, evidentemente un padre resignado, me ofrece un cigarro que acepto con gusto. No lo fumaré hasta que el sol deje de calcinarme.

Los minutos se hacen lentos. Estoy tan aletargada que me pregunto cómo llegué aquí. Tengo la chaqueta sobre la cabeza en un vago intento de protegerme del sol que, con seguridad, pretende matarnos. En ocasiones como éstas, el bloqueador no es suficiente, pero para las fanáticas, algo tan irrelevante como el cáncer a la piel no las alejará de su lugar. Insisten en gritar. Yo me pregunto porqué gritan tanto… ¿sacan algo más que desgastar sus gargantas? ¿Acaso piensan que los Jonas las escucharán? ¿Es necesario manifestarse tan estúpidamente? Estoy inmersa en aquellos pensamientos cuando de pronto salen a escena la banda argentina “Highway: rodando la aventura” que protagoniza el Zapping Zone del canal Disney, un programa de televisión bastante aburrido en donde los compositores escriben música basura de coros poco originales y performance poco espontánea. Cantan por lo menos doce canciones. Decido volver a enfrascarme en mi Tetrix mientras escucho a lo lejos versos como “1, 2, 3 amigas por siempre. 1, 2, 3 contra la corriente” o “pase lo que pase yo estaré contigo, solo en tu mirada encuentro mi destino… el amor, nuestro amor”. Los grandes compositores se revuelcan en sus tumbas justo ahora. De pronto siento vibrar mi teléfono celular. Mi hermana con su voz aguda y de ultratumba, me dice que se desmayó. Yo pienso que exagera y sólo quiere darme a entender su emoción de estar a punto de ver a sus máximos ídolos musicales, pero no, realmente se desmayó y se encuentra al costado izquierdo del escenario, en una carpa improvisada como servicio médico para casos de neuroticismo agudo. Corro como una madre angustiada a su encuentro y cuando llego la encuentro acostada en una camilla, con el rostro sudoroso y evidentes síntomas de náuseas. Me murmura que necesita mejorarse y recuperar su lugar privilegiado entre la multitud. Yo le digo que cómo se le ocurre. Ella me dice “y a ti cómo se te ocurre que me voy a quedar en este camilla si esperé todo el año este momento”. Y comprendo que no es momento para dármelas de protectora y le compro una bebida, lo que en parte la repone, por lo que la dejo partir de vuelta a recuperar su lugar arrebatado por las que ahora son muchísimas más fanáticas saltando a la espera de los Jonas.

Mi instinto de hermana cuática florece. No puedo volver a mi asiento a jugar sin el temor de que se vuelva a desmayar y de paso morir. En un momento como éste, ser extremista es de vida o muerte. Así que con la mayor de las resignaciones me levanto de la comodidad de mi silla, me amarro la chaqueta a la cintura, me tomo el pelo en alto y me dispongo a meterme en la multitud para ser la guardaespaldas de mi hermana. Creo firmemente que el sacrificio valdrá la pena en algún momento, ella tendrá que donarme algún órgano o entregarme parte de su dinero cuando sea mayor. Tengo toda mi fe puesta en la Gabriela.

Mientras me encuentro siendo aplastada por la multitud a pocos metros del escenario, a mi lado una señora de aspecto bastante cuico, grita como loca porque no quiere que ninguna niñita la toque.

- Quítense rotas, no me empujen – le dice a una fanática que, sin querer, pasó a llevarla mínimamente. Es obvio, la señora, su marido y dos hijos, ocupan los cuatro primeros asientos del VIP, por lo que se encuentran en una evidente zona de riesgo, no tiene derecho a reclamar.

- Te estoy diciendo que te quites, rota – vuelve a reclamar la señora, intentando mantener la cartera Louis Vuitton sobre su cabeza, como si la multitud estuviera compuesta delincuentes juveniles.

El esposo de la señora, con una calma sorprendente, le dice que juntos se vayan hacia atrás y que deje a sus hijas disfrutar del show, para evitar su histeria, a lo que la señora responde con los ojos desorbitados que no hará tal de perder su lugar, mientras con asco le agarra el brazo a una jovencita inocente y le grita que deje de empujarla. La pobre niña la mira con miedo y yo no puedo reprimirme.

- Señora, la van a seguir empujando – le digo, envalentonándome.

- Bueno, yo pagué por este asiento, no voy a dejar que estas rotas me toquen – me grita con deprecio.

- Cuando empiece el show, va a tener que bancárselo – le digo con calma

La señora se enfurece y comienza a gritar que no se va a bancar nada, que por algo pagó una cantidad considerable por los cuatro primeros asientos y que quiere que el encargado del lugar se haga presente para reclamar por lo menos dos metros a la redonda de su silla, cosa de contemplar el espectáculo sin ningún desorden posible. Yo me río por lo bajo y me alejo un poco, para darle espacio de despotricar un rato hasta que empiece el concierto.

El suelo comienza a temblar, los chillidos se hacen más intensos que nunca. Los decibeles que en este momento se concentran en el Estadio Monumental podrían ser escuchados tanto por humanos como por murciélagos. Me tapo los oídos por lo menos durante tres minutos en que las luces y el humo juegan con la expectación multitudinaria. Y de pronto, desde una plataforma brillante ubicada en el centro del escenario, hacen su aparición los Jonas Brothers, entonando una de sus tantas canciones pegajosas. Un agudo coro entona cada uno de sus versos acompañados de gritos como “mijito rico” o “hazme un hijo”. Yo, escandalizada ante la euforia hormonal, compruebo que niñitas menores que mi hermana se agitan para lanzar alguna de esas frases sugerentes que ni siquiera yo, en algún arrebato, he vociferado. O tal vez sí, pero no recuerdo. La señora reclamona pierde el equilibrio y con el ceño fruncido, la veo pasar a mi lado y dirigirse hacia atrás con su marido, al parecer comprendió que si no quiere morir de taquicardia, debía retroceder. Los conciertos no están hechos para personas siúticas.

Las jovencitas se han vuelto locas e incluso yo he tenido que retroceder algunos metros para darle espacio a los saltos y movimientos desenfrenados. De vez en cuando pierdo de vista a mi hermana, pero si de algo estoy segura, es que su fanatismo la debe estar manteniendo en pie. Y yo, desde una distancia prudente para auxiliarla frente a cualquier problema, me dedico a observar a los Jonas.

Siendo racionales, los muchachos son bastante guapos. Joe tiene pinta de homosexual con una polera musculosa negra con cadenitas colgando, demasiado apretada para mi gusto pero bastante normal para un rockstar. El hermano menor es bastante agraciado pero un poco llorón, ésta vez al igual que el concierto del año pasado, anduvo dando un poco de lástima por ser insulino dependiente. Pero este año vuelvo a pensar, que con la cantidad de plata que tiene, podría pagarle a un enano montado en un unicornio que le inyecte su medicina. De todas formas, de lejos se nota que es el que mejor canta y toca la guitarra. Del hermano mayor poco se habla, es el único Jonas que está casado y por ende, nadie suele prestarle demasiada atención. Ni siquiera yo.

Decido ir al baño, aprovechando que todo el mundo esta pendiente del show. Con bastante dificultad salgo de la multitud para abandonar la zona VIP e ingresar a la cancha. Cuando salgo del baño, unas instalaciones bastante decentes debo decir, caminé libremente de vuelta hacia el lugar y mientras le enseñaba mi ticket a la encargada del lugar, una jovencita desesperada ubicada en la cancha, de no más de quince años, se aferra a mi brazo llorando como si hubiera sido parte de un atentado terrorista, sosteniendo un peluche de oso y una carta entre sus brazos. “Entrégaselo a Nick Jonas por favor, entrégaselo, mi vida depende de ello”, me gritó entre lágrimas. Tomé el peluche y la carta, asegurándole que haría lo posible por lanzarlo al escenario cuando estuviera cerca. Craso error. Volver a mi posición privilegiada requeriría de más esfuerzo del que pensé, así que en vez de tratar de meterme entre la multitud, esperé a que terminara el concierto para cumplir mi palabra.

Durante la media hora restante que duró el concierto, comprendí el nivel que puede llegar el fanatismo desenfrenado. No existe edad ni género que discrimine las actitudes tan irracionales que gobiernan a quienes desatan su fervor al extremo. Niños y niñas lloraban mientras estiraban los brazos hacia el escenario, gritaban “te amo” a diestra y siniestra, levantaban sus carteles en alto con frases en inglés dedicadas a sus ídolos y de vez en cuando cerraban los ojos y gritaban agudamente como para desatar todas sus pasiones. Tal cual he visto en la televisión a las groupies de antaño.

Una vez que terminó el concierto, me aseguré de acercarme al escenario lo más posible. Lancé el peluche con la carta y cayó, ante mi sorpresa, justo donde hace medio minuto se encontraba Nick Jonas. Supongo que con un poco de suerte, recogerían todos los animales de algodón que se encontraban sobre el escenario y se los entregarían a los Jonas. Busqué a mi hermana, que apareció increíblemente chascona y sudada, llena de lágrimas y con mucha sed. Llevaba una de esas sonrisas que denotan verdadera felicidad. Me comentó que abrazó y lloró junto a varias “Jonáticas” desconocidas y que, sin duda, fue la experiencia más reconfortante de su vida. Lo único malo es que no podía caminar de tanto que había saltado.

Salimos del Estadio y demoramos cerca de una hora y media en encontrar a mi padrastro. Los vendedores ambulantes se hicieron la América con tanto merchandising. Ahí es cuando la creatividad del chileno se muestra en gloria y majestad; podías encontrar desde tazones hasta calendarios, relojes, poleras, fotografías e incluso patentes de los Jonas Brothers. La señal telefónica se perdió durante un par de horas, tal cual sucede en los terremotos. Podría decirse que un concierto de esta magnitud causa eventualmente, los mismos daños que un desastre natural. Una vez que subimos al vehículo, comprendimos que el barullo había acabado. Sobrevivir fue más difícil de lo que creía, pero supongo que es el precio de hacer feliz a la hermana. En el fondo, sé que si ella fuera la mayor, haría lo mismo por mí.

Mini novela futurista

Cuarenta y ocho grados Celsius a la sombra. Antofagasta ofrece un panorama desolador desde la altura. Miles de edificios metálicos y brillantes se empinan desde todas direcciones. El desierto árido se ha fundido con placas de vidrios rodeando varios kilómetros de costa adentrándose hacia la cordillera. No hay peatones en ninguna de sus calles. El silencio lo cubre todo con su espectro sobre el asfalto intacto. Pareciera que nadie lo ha pisado en décadas.

Hace cien años se alertó a la población mundial que el sol además de producir envejecimiento prematuro de la piel, causaba cáncer progresivo en cuestión de minutos, provocando una degeneración impactante con daños irreversibles e incluso mortales. En ese entonces, el mercado ofreció una serie de productos para el cuidado de la piel, sin embargo, nada de aquello surtió efecto y la humanidad optó por refugiarse de los rayos del astro, escondiéndose tras gruesas placas de grandes edificaciones durante el día.

- Entonces ¿ya es seguro? – preguntó Matilde con ansiedad mientras sostenía en alto una probeta en el laboratorio en donde trabajaba hace ya nueve años.

- Al parecer sí – respondió Lorenzo – al menos eso acaba de llegar a mi dispositivo de mensajería instantánea. La ONU lo aprobó, incluso creo que la Iglesia no puso reparos.

- No puedo creerlo – respondió Matilde, tomando asiento y llevándose una mano al pecho, profundamente impactada ante la noticia entregada por su colega.

- ¿Por qué te parece tan extraño Matilde? – Preguntó Lorenzo, mirándola fijamente – a mí lo que me parecería extraño es que esto no se filtrara a la prensa mañana a primera hora. Últimamente las noticias sólo hablan de tormentas solares, el hecho de que se realice la primera clonación con rescate de memoria en Chile me parece histórico.

- ¿Quién más lo sabe? – preguntó Matilde, haciendo caso omiso a la respuesta de Lorenzo.

- El cuerpo científico de Santiago y su sede del norte, o sea, nosotros. Y bueno, la ONU, los consulados, el Vaticano y esas cosas. ¿Pasa algo? Estás extraña.

- No es nada, no te preocupes – respondió enérgicamente mientras esbozaba una sonrisa falsa – es sólo que me parece increíble que por fin… - sus palabras quedaron silenciadas por el sonido del dispositivo de mensajería que portaba en su cinturón - ¿aló? Sí, acabo de ser notificada, enseguida voy hacia allá – cerró el dispositivo y miró a Lorenzo – Perdóname, tengo que irme. Soy parte del comité de restauración y solicitan mi apoyo de inmediato.

José fue asesinado hace doscientos años en Antofagasta. Sus restos fueron encontrados dentro en una bolsa plástica enterrada varios metros bajo la arena, a poca distancia del monumento nacional La Portada. Su familia, desconsolada y sin lograr comprender porqué José había sido brutalmente asesinado, luchó durante años por tratar de resolver el enigma de su deceso por medio de complicados procesos legales que finalmente no arrojaron nada. El caso nunca se resolvió y todo quedó olvidado entre carpetas salpicadas de tiempo, arena, soledad.

Tras dos siglos y gracias a los avances tecnológicos propios del siglo XXIII, José sería el primer chileno clonado en su propia tierra, todo bajo rigurosos proyectos científicos desarrollados a través de muchos años de estudio. El rescate del cuerpo era el primer paso y el más fácil, pero el proceso de restauración de la memoria era la etapa más complicada de ejecutar. Retomar los recuerdos y conocimientos de una persona fallecida parecía ser un cuento utópico, sin embargo, expertos lograron encontrar la forma de sustraer una partícula del ADN de la que se tuvo total desconocimiento durante toda la historia de la ciencia mundial. Esta partícula partió como un mito, la religión intentó callar los rumores de la capacidad vital de esta nueva e impactante revelación a favor de la humanidad, pero finalmente la religión alrededor del mundo perdió adeptos y la fe quedó sepultada bajo la supremacía de la ciencia.

- Tenemos los restos de José justo aquí – señaló el director del proyecto, un hombre alto e imponente, vestido de riguroso blanco y con guantes transparentes en ambas manos, mientras abría una caja metálica ante la expectación de sus colegas – Un pequeño experimento para el hombre, un gran salto para Antofagasta – bromeó con una gran sonrisa escondida bajo los bigotes.

- ¿Quién iba a pensarlo? mis tatarabuelos se emocionaron cuando clonaron una oveja y ahora veremos resucitar a una persona, me parece increíble – murmuró una voz tras Matilde.

Sin pronunciar ninguna palabra durante el proceso de recolección de los restos, Matilde observó expectante como el director del proyecto de restauración colocaba pequeños fragmentos de osamentas dentro de sofisticados equipos. La mayoría de ellos consistían en aparatos metálicos de grandes proporciones con muchísimos botones y fuentes de colores que contenían líquidos y sustancias gaseosas suspendidas y en constante movimiento.

- ¿Pueden creer que esto toma menos de dos horas? – Murmuró el director, mientras presionaba algunos botones y sacudía el polvo de sus guantes – antes del mediodía, José estará dictando una conferencia y tal vez se tome un café con nosotros y nos cuente que tal se está en el cielo – soltó una carcajada bastante larga, mientras el resto de los miembros del comité de restauración comenzaban con los abrazos protocolares, mientras salían del laboratorio, abandonando la construcción del cuerpo en la capsula sellada.

Matilde se quedo de pie en el mismo lugar. No quitó la mirada de la capsula que regularmente emitía una serie de sonidos acuosos. Transcurridos algunos minutos, se acercó a las paredes del laboratorio, paredes que consistían en un grueso vidrio polarizado que daba la extraña sensación de estar a punto de caer al vacío. Se encontraba rodeada de cientos de edificios de iguales condiciones. Todas eran enormes construcciones hechas de espejos que creaban ilusiones ópticas.

Se encontraba en el piso setenta y desde allí lograba observar la ciudad en plenitud. La soledad recorría todos sus recovecos, durante un momento recordó las fotografías que sus antepasados guardaban en arcaicos aparatos computacionales, cuando la ciudad contaba con mercados al aire libre y podían comprar algunas frutas en las esquinas. Cientos de imágenes de personas disfrutando del sol y la playa, andando en bicicleta y paseando a sus mascotas, fueron imágenes irreales, como sacadas de una película que alguna vez vio pero que no recordaba con exactitud. Aquellos recuerdos que no le pertenecían le parecían extraños pero por alguna razón, muy cálidos. Y se preguntó, por primera vez, qué pasaría cuando su tatarabuelo abriese los ojos y comprendiera que el mundo al cual fue obligado a volver, no fuese aquel que vio por última vez. Un estremecimiento recorrió su espalda. Ahora sabría quien le quitó la vida, lo sabría de su propia boca, vería y oiría a un hombre que conoció una realidad absolutamente distinta, podría tocarlo y sentir en él los abrazos de las generaciones perdidas de su sangre, sentir en él la presencia de sus padres que la abandonaron cuando era pequeña, ver en él los ojos de su bisabuela, la mujer que la crió hasta los siete años y de quien heredó las penas por su padre y tatarabuelo asesinado.

- Matilde – murmuró Lorenzo desde la puerta – ¿Me puedes explicar qué pasa?

- Es mi tatarabuelo – murmuró sin vacilar – voy a conocer a mi tatarabuelo.

- ¿De qué estas hablando?

- El hombre que estamos clonando es mi tatarabuelo.

Lorenzo la observó perplejo durante un momento. Se acercó a ella y la abrazó. Matilde respondió al abrazo mientra se enjugaba algunas lágrimas.

- No sé que pensar – sollozó – yo creía que había algo más allá de la vida, no sé, pese a que siempre he sido una mujer de ciencia, he guardado una esperanza por la humanidad, no puede ser que luego de morir todo se ponga oscuro y no exista nada más.

- Tranquila Matilde – le respondió su compañero, mientras sacaba su pañuelo de tela del bolsillo y repasaba sus lágrimas – Hay algo más. Tiene que haberlo, si no fuese así, tu tatarabuelo no volvería.

- Tengo miedo de escuchar lo que tenga que decirme – comentó Matilde, soltándose del abrazo de su colega y caminando alrededor de la capsula – tengo miedo de saber qué fue lo que le pasó ese día, cuando lo mataron…

De pronto se abrió la puerta del laboratorio y entró el director junto a un séquito de especialistas en restauración. Todos cargaban con un dispositivo de mensajería en las muñecas, al cual acercaban a sus bocas y murmuraban una serie de frases que quedaban registradas como una bitácora de voz.

- Se acabó la espera amigos, estamos a punto de hacer historia en Chile – dijo el director, con voz potente mientras abría los brazos – por primera vez sabremos qué fue lo que pasó con José, qué hay más allá de la muerte y que nos depara como humanidad luego de esta revelación.

- Señor director, no creo que sea pertinente que José despierte en este lugar – dijo repentinamente Lorenzo, causando asombro entre los miembros del comité. Matilde lo observó impactada – Creo que es necesario llevar la capsula a algún lugar en donde él se sienta cómodo. Recordemos que han pasado doscientos años, el impacto puede causarle un shock.

- Bien pensado Lorenzo, estarás a cargo del traslado – sentenció el director – no estaba dentro de la planificación, pero bueno, supongo que hemos perdido la sensibilidad - sonrío durante un momento y luego adoptó una expresión de seriedad impuesta - Estarán de acuerdo colegas, que nos traslademos juntos hacia la estación verde, allí hay algunas plantas subterráneas y algo de la mejor luz artificial, estoy seguro que José se sentirá cómodo allí.

- Disculpe, señor director ¿puedo acompañar a Lorenzo en el traslado? – murmuró Matilde, sin levantar la mirada del suelo.

- Había pensado que quizás podrías ayudarme a elaborar el informe médico Matilde – le respondió éste – sabes que eres la mejor redactando esta clase de proyectos. Podríamos hacerlo mientras nos trasladamos, así ganamos algo más de tiempo.

Matilde asintió con la cabeza, levantó la mirada encontrándose con la de Lorenzo, quien le devolvió una leve sonrisa.

El móvil de traslado consistía en una plataforma aerodinámica polarizada con sólo una rueda esférica en el centro. Lorenzo lo conducía a través de una pantalla digital en la comodidad del asiento trasero. Junto a él se encontraba la capsula con el cuerpo de José, completamente reconstruido y algo difuso entre líquidos color piel. Lorenzo presionó algunos botones en la capsula, dando término al proceso de restauración. De pronto ésta se abrió.

Los ojos de José se abrieron lentamente en la penumbra de los asientos de cuero negro. Lorenzo lo observó con tranquilidad, mientras el líquido escurría entre su piel agrietada y carcomida por el tiempo y el agua.

- Quédese donde esta y no se mueva – le dijo Lorenzo con decisión.

José abrió completamente los ojos y con espanto, reconoció el rostro del hombre que lo observaba sentado frente a él.

- Eres tú – murmuró José con una voz que denotaba esfuerzo – eres tú.

- Cállese y escuche – le dijo Lorenzo, acercándose a la capsula – no voy a dejar que sus estúpidos recuerdos destruyan la memoria de mi tatarabuelo.

- Eres… – murmuró el hombre, sin lograr terminar la oración, mientras su rostro completamente drenado comenzaba a mostrar horror.

- Sí, también me llamo Lorenzo, como mi tatarabuelo. Sé que usted lo conocía, también conozco bien la historia – comenzó a explicar Lorenzo, mientras los ojos y la boca de José comenzaban a mostrar el miedo – Ustedes fueron socios, claro que nadie conocía esa alianza, por supuesto, porque era ilegal. El tráfico de drogas en esos años era penado por ley, pero el peor castigo era el social, como lo sigue siendo hasta hoy, por eso no puedo permitirle que viva.

- No entiendo nada – murmuró Jose.

- Le explico don José; mi tatarabuelo lo mató a usted para salvar su reputación. Su familia lloró su muerte, pero nada nunca se supo, o bueno por lo menos hasta hoy que lo hemos traído de vuelta – Lorenzo prendió un cigarro largo y angosto que emitía bocanadas de color negro – sí, usted es el primer chileno en completar el proceso de clonación con rescate de memoria, se supone que un comité estaría presente en su resucitación, pero yo no puedo permitirlo.

- ¿Estuve muerto? – preguntó José

- Muerto y enterrado, durante muchos años – respondió Lorenzo.

- Estas bromeando – murmuró el hombre, comenzando a mover la cabeza con cuidado – si sólo estaba dormido, siento que he dormido una larga siesta.

- Sí, una siesta de varias décadas don José, pero no se preocupe, volverá a dormir enseguida, yo me ocuparé de ello.

De pronto el vehículo se detuvo y Lorenzo se puso de pie, sacó un traje completo y delgado de un compartimiento bajo el asiento, se lo puso con rapidez y luego se colocó unos anteojos grandes de color rojo. José lo miraba con espanto. Abrió la puerta del vehículo y el sol entró como una ráfaga de fuego.

- Pensé que sería mas tarde, pero es mejor así, tardaremos menos en que su cuerpo se destruya - dijo Lorenzo, hablando más hacia sí mismo que hacia José.

José cerró los ojos. Tardó un segundo en comprender que volvería a dormir y sintió que su alma estaba en paz. Cruzó los brazos en su pecho mientras Lorenzo arrastraba la capsula hacia el desierto árido y el sol comenzó a quemar su rostro. Su piel comenzó a enrojecer con una rapidez alarmante, luego comenzó a quebrarse y finalmente comenzó a desfigurarse provocando una serie de ampollas en todo su cuerpo. José no emitió ningún sonido de dolor o desesperación, sólo cerró los ojos mientras su pecho agitado comenzaba a convulsionar, hasta que tras quince minutos de silenciosa agonía, dejó de respirar.

Lorenzo lo observó con desprecio y luego lo arrastró durante horas a través del desierto cargando una pala a cuestas. Caminó hasta perder de vista el vehículo, sosteniendo en su otra mano el dispositivo de mensajería que le indicaría el camino de regreso. Una vez que halló un sitio desolado en la inmensidad de la pampa, comenzó a cavar. Lo hizo durante varios minutos. Abrió la capsula para contemplar los restos carbonizados del cuerpo inerte de José, luego lo cerro y al lanzarlo hacia el fondo del agujero, una parte de la capsula pasó a llevar su traje, llevándose consigo parte importante de la tela que cubría su torso. Bastaron dos segundos para que Lorenzo comenzara a gritar con desesperación una vez que el sol tocó directamente su piel. Intentó en vano protegerse de los rayos, pero éstos se reflejaban irrevocablemente en la arena y transcurridos algunos minutos, Lorenzo se vio tendido en el desierto, gritando con espanto mientras se quemaba vivo. Luego de una hora, ambos hombres se encontraban muertos, uno completamente carbonizado y el otro con la mitad del cuerpo desvanecido por el sol. Al caer la tarde, no quedaban rastros del cuerpo de Lorenzo, se los había llevado el viento de la pampa, arrastrándolos por el desierto. Los restos de José en cambio siguieron dentro de la capsula, intactos, olvidados por el tiempo, olvidados por el cielo, durante muchos años.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Yo, inmortal

Mis vacaciones de invierno resultaron ser excesivamente flojas. No hice absolutamente nada más que transformar oxígeno en dióxido de carbono y masticar comestibles mientras con una mano navegaba por Internet y con la otra hacía zapping. Llegué incluso a aburrirme de tanto vagabundeo de mi parte. La nana de mi papá me llevo desayuno, almuerzo y té a media tarde a la cama, en una bandeja verde con un mantel floreado. Todos los carbohidratos juntos en un mismo plato. Rebosantes de fideos en una salsa de aceite con papas fritas y un pedazo de carne que parece haber sido freído en una paila de gitanos; pedazos de tortas de dudosa procedencia y antigüedad e interminables vasos de coca cola. Yo ni siquiera me detuve a pensar en la inexistencia de esfuerzo físico en mi vida, ni en las consecuencias de tragar como un maldito monstruo obeso.

Total, dentro de mi consciencia y en realidad dentro de la consciencia colectiva de todos aquellos que tienen más o menos mi edad, me creo inmortal. No importa si en el carrete de anoche me fumé una cajetilla completa y además tuve el descaro de pedir unos cuantos más a mis amigos, porque realmente no creo que me muera el día de hoy por un cáncer al pulmón fulminante que se desarrolle a la hora de almuerzo. Tampoco creo que moriré por un coma etílico chelístico, ni por una gripe ganada por tirarme a una piscina congelada a las seis de la mañana. Es más, ni siquiera creo que me muera por andar manejando un auto demasiado pequeño y excesivamente chocable a altas horas de la madrugada.

Pero no es que yo quiera exponerme a una muerte súbita por exceso de colesterol ni ser arrollada por un camión de Lipigas, sólo que creo que no es posible tener tanta mala suerte. Si bien la muerte es un tema de discusión recurrente entre mis neuronas cuando estoy a punto de dormir, no creo que ésta se abalance sobre mí y me arrebate la vida así como así. O por lo menos eso creo.

Rebelión plumífera

No sé si lo han notado o es que su plan malévolo les está resultando muy bien, pero las palomas se estan creyendo personas. Lo estan haciendo de manera planeada y perfecta, casi secreta, solo que a nosotros no nos interesa saber que planean las ratas con alas que deambulan por nuestra ciudad.

Las palomas son aves de cuerpo y cuello robusto, pico delgado y corto con ceras carnosas. Su nidos son estorbosos, elaborado con ramitas que cortan produciendo un sonido molesto y generalmente ponen dos huevos que dan ganas de estrellarlos contra la pared y son incubados por señor y señora paloma. Este asqueroso animal se alimenta de semillas y frutos y produce una secreción nauseabunda con la cual alimenta al pichón para que el muy desgraciado no se estrelle contra el suelo y muera. Las palomas tienen un gran sentido de la orientación, siendo una de las aves que más rápido vuela, alcanzando los 56 km/h pero eso ya es medio utópico porque hace rato que las palomas no vuelan y se juntan en reuniones secretas a planear su rebelión sanguinaria.

Tecnicamente las palomas son un error de Dios. Por lo mismo, ellas saben que lo son y quieren tomar el poder por medio del camuflaje (la gran mayoría son grises) les gusta caminar por las veredas junto a los peatones, casi imitandolos, esperan la luz verde en las esquinas y también se enojan cuando uno las pasa a llevar. Porque las personas les hacemos el quite para evitar que nos reten levantándose del suelo aleteando.

Por favor, no nos hagamos los ciegos. Estas aves pronto van a evolucionar y nos van a quitar nuestros trabajos, habran emisoras radiales de ultrasonido molesto a traves de la frecuencia modulada del ululeo y sus crías llenaran de estiercol todas nuestras costas. Por lo mismo, de Arica a Punta Arenas, unámosnos en esta gran cruzada de revelarle al mundo la gran verdad; ¡que Jesús tuvo hijos!, ¡que a la Marilyn la mataron!, ¡que Elvis es extraterrestres!, ni que ocho cuartos... Las palomas se creen personas y si no hacemos algo, pronto nos dominarán.

Mundo de nadie

Suena triste pero creo que todo lo que hemos estado construyendo, por lo cual sufrimos tremendas pruebas, derramamos lágrimas y soltamos puñetazos, se perderá en la historia que transcurre sin importarle un bledo nuestros sacrificios mortales.

Yo los veo a todos ustedes caminar sin importarles si quiera la contracción toráxica de nuestros pechos, sin maravillarnos de saber que la sangre fluye una y otra vez, desde nuestros pies hasta la cabeza, oxigenándonos cuando andamos de peatones ilusos por las calles. Idealistas que creemos que por estudiar, trabajar y amar vamos a conseguir un poco de esa calma perenne que se acaba cuando la muerte nos arrebata todo.

Suena triste, pero la tecnología japonesa no fue la que creó la cibernética más avanzada. Todos somos parte de una comunidad de máquinas humanizadas que se corrompen y se dañan entre sí. Humanos deshumanizados, inconsecuentes que viven en paz con sus propias tragedias. Hacemos de este mundo un lugar menos humanista, cuando la razón de estar aquí es ascender, yo los veo bajar la cabeza y existir sin existir, casi gastando el aire de las plantas, a lo que estamos seguro condenados, a ser malezas insípidas pegadas en una tierra de nadie.

Soy conciente y sé que cada músculo de mi cuerpo tiene los días contados, sé que soy capaz de enceguecerme por una luz brillante, que no todo ha sido inventado, que hay vocales y consonantes desconocidas, millones de colores entre gamas inversas, que el universo es infinito porque nuestra capacidad de asombro también lo es. Nuestra facultad humana de saber que expiraremos es la clave para soportar los agravios constantes de nuestras mentes. Suena triste, amor, pero la razón de estar aquí se remite precisamente a tu nombre. No dejes pasar un minuto más que la vida es suspiro y yo estoy pendiente de tu caída.

Suena triste, pero lo único que tiene sentido en este momento, en todas las galaxias, eres tú mismo.

Biodesagradable

Que infinito aburrimiento de todas las cosas mundanas. Que tragedia.
Hemos de cambiar las luces de la ciudad por espectros azulados de reflejos antiguos y quebrados, de ideas rotas, frases idóneas que nunca vinieron al caso y un montón de canciones que nunca terminaron de componerse y se perdieron en el olvido.

Las cosas, los momentos, los lugares, tus ojos, los míos... ya todo ha quedado reducido a un producto no biodegradable. Es biodesagradable, biodesechable. A todos se nos olvidó que sigue ahí, pegado en una roca. Que lata esta lata, pensar que nos da lata, seguir como tontos, esta chatarra, basura instantánea. Que infinito aburrimiento de todas las cosas mundanas. Qué tragedia

El camping de la perdición

La comodidad de una casa o departamento es impagable a la hora de estar metida dentro de una carpa pensando que las posibilidades de ser abducida por alienígenas aumentan considerablemente. Acampar no es algo que llame mi atención ni mucho menos algo que pretenda hacer dentro de los próximos cincuenta años. Las razones son muy simples y se remiten a tres aspectos a considerar: la arena pica + no hay baño + la soledad es abrumadora.

No entiendo cuál es la gracia de salir a acampar si puedes quedarte en la comodidad de tu hogar y disfrutar de los beneficios que te ofrece la ciudad, como prender la tele, darte dos duchas diarias, cocinar y lavar la loza con tan sólo abrir la llave y sin tener que ir a buscar baldes de agua salada y lo mas importante, dormir sin morir de hipotermia por las noches ni convertirte en una hamburguesa por la mañana (la capa de ozono es heavy). Esta bien, reconozco que existe toda una magia detrás de irse un fin de semana a acampar con todas las pseudo comodidades que han inventado los chinos (carpas, cocinillas, baños químicos, lámparas a batería e incluso bolsas de ducha) sin embargo, me parece ridículo invertir dinero en estos artefactos cuando es mejor pagar televisión digital o un pony, solo por citar algunos ejemplos.

Cuando un grupo de personas decide ir a acampar es como firmar un documento de posible tragedia, es bien sabido que las revistas de cosas extrañas siempre cuentan historias de audaces viajeros que por andar cara de palo por los bosques y playas alejadas de las grandes urbes, sufren ataques de chupacabras, extraterrestres, amigos bajo la influencia del alcohol o animales raros como pie grande o el monstruo del lago Ness. Por eso y como muy bien dice Forrest, ir a acampar es como abrir una caja de bombones: nunca sabes que mierda te puede pasar. Porque si no te mueres en el trayecto, probablemente volverás con insolación, furia reprimida y/o trastornos mentales cuaticas que involucran sentimientos de homicidio generalmente en contra de tus compañeros de camping.

Otro asunto de suma importancia es el tema del baño. Acampar es una cosa espantosa porque no hay baños cómodos cerca, ni siquiera hay jabón, papel higiénico ni revistas que mirar, y lo único que se puede mirar es a otros que al igual que uno, se esconden y hacen sus necesidades rápidamente para no ser descubiertos en un momento intimo y bochornoso.

Además, un millón de metros cuadrados de arena lisa e infinita no ayuda en nada a tener un momento privado, sólo te pica por todos lados porque la arena logra infiltrarse por los rincones en que más esfuerzo pusiste para que no se metiera, dentro de los calcetines, en las orejas, entre medio de las uñas y a veces en la boca porque casi todo lo que sea comestible es una víctima potencial del viento con arena y al final sólo terminas con ganas de ir a dormir dentro de un iglú de tela con la vulnerabilidad a flor de piel, con esto me refiero a que cualquier indígena puede atravesar la carpa con una flecha o ser atropellado por un jeep gigante o en su defecto, ser alcanzado por una ola y quedar flotando en el mar abierto y a la deriva del mundo en general.

Por eso y por muchas razones mas, acampar no es una actividad de mi agrado. La comodidad y la televisión son condiciones que no debieran transarse por ningún motivo y cualquier situación que ponga en riesgo mi estabilidad física y mental será rechazado automáticamente por mi inconciencia que vela por mi integridad. Así que olvídenlo, acampar no es algo que vaya a hacer a menos de que me paguen mucha plata o Zac Efron me invite.

Humanismo versus ciencias

El ejercicio de mi oficio, muchas veces rodeado de humo de cigarro, me evoca conversaciones en pos del progreso de la humanidad, cuestionamientos y soluciones a problemáticas sociales que buscan perfeccionar el arte de la comunicación, el arte de la filantropía, la oratoria y el desarrollo de la filosofía, entre otras ramas del pensamiento humano.

Salvar vidas me parece de lo más superficial, si me lo preguntas luego de haber tomado tres vasos de destilado de uva. De seguro piensas que soy ridícula, y que eso es malo para mi salud; podría ser fácilmente tu perorata de siempre, esa que me provoca bostezos y miradas de desapruebo. Claramente prefiero salvar pensamientos, que todos esos órganos sanguinolentos que manoseas con absoluta despreocupación.

La comunicación le ha salvado la vida a cientos de generaciones, más que los químicos fabricados en laboratorios brillantes que no son más que placebos inútiles. Yo prefiero pensar que esas perturbaciones mentales generadas a partir de cuadros psicóticos se curan con una conversación y no con esas pastillas de colores que usan para salvar vidas a la fuerza. Prefiero pensar que mis propias dispersiones a causa de alcohol, música estridente y estupefacientes naturales las elijo con total conciencia, sin una receta médica que me indique cuán desequilibrada me encuentro.

Es un hecho que la medicina es como la piedra filosofal de las carreras que se imparten en las universidades, mientras que el periodismo es como la piedra pómez que se pudre en la ducha y paramos de contar. No por ello dejaré que algunas retrógradas concepciones de mundo científico pisoteen los anhelos de pensadores y amantes de las artes escritas, no por ello dejaré de creer que las mentes más abiertas tienen mayores expectativas de vida, que pasarse ocho años estudiando la anatomía humana para no dejar libre la esencia que nos une como especie, la capacidad de trascender en vez de ganar la plata suficiente como para comprar todo lo que se quiera.

Adoro esto que estudian tantos y para los que pocos sirven. Pero más adoro saber que nuestro campo es aún más amplio y mucho más difícil que aquel sobrevalorado, pues no memorizamos grandes tomos, hacemos del libro nuestro paradigma y sentido de la vida; somos los libres interpretadores y lamentablemente para ustedes, podemos aplastarlos fácilmente si queremos (sin ser precisamente acusados de negligencia médica ni asesinato encubierto). Sólo matamos con palabras, y eso muchas veces es lo que mas les duele.

Catorce de febrero

Para hablar de amor tenemos dos visiones, los que lo encontraron y se sienten felices de declarar que es la mejor sensación del planeta o simplemente aguantar la respiración hasta asfixiarnos para no pensar en la carencia afectiva que cada catorce de febrero se encarga de recordarnos, así sin anestesia ni piedad.

Pero… ¿Por qué 14 de febrero? Se dice que en los países anglosajones del siglo XIX la gente solía intercambiar postales con el fin de demostrar cuán importantes eran entre ellos. Demostraban amor o lo que sea la palabra. San Valentín de seguro andaba metido entre la repartición de regalos, quizás esta tradición que para muchos es empalagosa y para otros ridícula, se generó de una manera que jamás entenderemos, porque quizás, tal vez, a lo mejor… nuestra generación ha olvidado lo que es amar.

Amor. Qué difícil capturar la palabra e interpretarla para luego explicarla. Quizás debería empezar hablando de su raíz etimológica para hacernos una idea de la significancia antes del significado. Es más complicado que explicar la utilidad del cuadrado de binomio o los programas vespertinos de la televisión nacional. Amor, amor, amor. ¿Se tratará realmente de corazones, flores, osos de peluche y chocolates? Me pregunto si el capitalismo habrá captado bien la esencia del día del amor y si sus parafernálicos y rosados regalos impuestos en el mercado tendrán realmente algo que ver con la fecha. Me pregunto si el amor se siente en aquel órgano tan vulnerable a los infartos o si se tratará de una condición mental asociada con la locura. Creo que nuestra generación tampoco podrá entenderlo, o por lo menos no lo entiendo yo.

Pero dejaré de generalizar y entraremos a un plano más sutil y personal. Les contaré la triste visión de amor que vive la prima de una amiga, cuando tras una serie de relaciones fallidas, llenas de angustia, engaños y homosexualidad, se da cuenta de que el amor es más bien una sensación utópica que se vive aproximadamente cada dos años y que dura un par de meses. Pobre ella, que ha perdido la fe en el amor y se conforma con la compañía de su perro y sus amigos, pobre ella que anda con las manos frías mirando el suelo y conformándose con romper con infinita dulzura un montón de ilusiones ajenas, cantando “all you need is love” sin tener remota idea de qué canta.

El amor debe ser eso, un súper poder que pueda romper los esquemas impuestos por una sociedad insensible, algo tan distinto como absurdo, capaz de inducir al llanto y a la risa en la misma fracción de minuto, algo que no conquiste por el color de ojos sino por el color de las palabras, pero no aquellas expresadas así como así, sino que las se leen entre líneas. Descubrir la esencia del otro. Eso debe ser amor.

Por eso creo que el catorce de febrero no debería ser el día de celebrarlo junto a la masa no pensante, sino aquel día en que por fin entendemos de qué se trata, por eso odio este día y espero que todos mueran… ah! disculpen, fue un arrebato… já, quería ser graciosa para que no crean que soy una resentida… en fin, el amor mueve y renueva el mundo, y por muy desagradable que nos parezca depender de alguien de la manera más dulce y hermosa que exista, pasamos más tiempo pensando en el amor que en nuestros propios ideales como humanos individuales y egoístas, y en parte gracias a eso, le agradezco a la vida tener la capacidad inmensa de amar, porque sino sería un robot y nada tendría sentido más que nutrirme de tuercas.

Onicofagia

Lo reconozco; soy onicofágica. Me como las uñas y no me duele tanto reconocerlo como me duele más saber que llevo años soportando el estigma de que me miren los dedos con asco. Mis uñas son como las uñas de un delincuente que pasó mucho rato bajo el agua y no sólo se ven feas, sino que parecen guantes de Halloween y dan miedo.

La maldición cayó en mí apenas hizo su aparición el primer diente de leche. Me llevé la mano a la boca y sin mucho esfuerzo mientras veía Pequeño Pony, mordisqueé mis uñas sin compasión. Y es muy triste porque se trata de un hábito horrible que he arrastrado durante muchos años.

Esto de ser onicofágica es terrible por muchos motivos; cuando quiero pintarme las uñas, no puedo achuntarle al pequeño espacio que representan mis uñas y al final, termino pintándome todo menos las uñas, la gente me pregunta ¿por qué te las comes? y yo no tengo una respuesta más que “no me doy cuenta” o “estaba aburrida”. Pero… ¿cómo puede ser posible que lleve como veinte años si darme cuenta o los mismos años veinte años estando aburrida? Pareciera que hay un trasfondo psicológico escondido detrás de este trastorno de las uñas que no logro comprender. Porque les cuento que no es fácil dejar de morderse las uñas, es como querer dejar de fumar y que todos los dedos de uno fuesen un cigarro encendido. Es casi instintivo llevarse las manos a la boca.

Lo peor de todo es que me han ofrecido un montón de cosas si dejo de hacerlo. Desde una cantidad considerable de drogas blandas hasta una completada para todos mis amigos. Pero nada de eso pareciera surtir efecto más que mi propia decisión de dejar de hacerlo. Y hoy, que llevaba casi dos semanas sin morderme ninguna de las uñas y, con bastante sorpresa, había descubierto la sensación de rascar con mis propias manos y rasguñarme la cara sin querer, debo confesar que me mordí una uña. Me pesa en la conciencia como diez kilos de papas. Pero creo firmemente que confesándolo podré dejar de sentir la culpa y en vez de morderme las uñas, morderé mi propia convicción derrotista que me auguraba que jamás dejaría de hacerlo. Estoy casi segura que lo voy a lograr y cuando eso suceda, todos los que leyeron esto estarán invitados a una completada organizada por mi mamá.

Muchas gracias.



martes, 2 de noviembre de 2010

Mundo de luz

Hay lámparas doradas en el cielo. Se encuentran suspendidas en el aire como si una frágil fuerza gravitacional las levantase y les diese forma de lunas llenas. La noche se cae y nadie tiene intensión alguna de levantarla. El mundo esta lleno de gente que conozco en sueños o en otra vida. Todos llevan trajes brillantes, cabellos de colores y collares de infinitos matices. Se saludan entre sí, toman brebajes en relucientes copas y danzan mientras la madrugada eterna se desliza suavemente sobre mi piel.

Y allí aparece él. De castaño a ojos de miel y mar. Le brilla el aura. Y me escondo entre pliegues de encaje rosa, intentado mimetizarme con los globos terráqueos de las paredes mal hechas. Me sigue un rato. Baila conmigo sin tocarme. Me habla en un idioma perfecto, yo le respondo “pasea de día, que la noche es mía”. Y el universo tiene sentido esta madrugada, sólo porque no es tuya y lo sabes.

El idiota de Lorenzo

- No me involucraré en tus sucias andanzas, Lorenzo. Estoy harta de perseguirte todos los días intentando en vano librarte de tus obligaciones. No me verás nunca más y si lo haces, sabrás que el contacto visual será efímero y probablemente cuando eso ocurra ya te habré quitado de todas mis pesadillas. Porque mis trastornos por fin se habrán regulado una vez que te me sacudas del pensamiento.

- Excelente… ¿de verdad te aprendiste todo eso de memoria?

- Si obvio, si se supone que sobre las tablas es mejor memoria que improvisación.

- Perfecto

- ¿Tengo que decir mis otras líneas también?

- Claramente. Pero ahora intenta poner los ojos llorosos.

- Lorenzo, te has muerto como una vil rata pateada por las calles mugrientas que te vieron parir. Aquí dejo tu cuerpo altanero, surcado de prejuicios rotos por el tiempo y curados por tu soberbia. No te has ido porque has querido, te he dejado partir porque eres una basura cruel que irrita mis días y desgrana mis pesares… Oh Lorenzo, si decides callar es porque todo lo que te he dicho lo aceptas con tu rotundo e imbécil conformismo pero… oh amor, no puedo verte así, que frío estás ¡mira! tus ojos vacíos tienen forma de luna menguante y no logro descifrar tu mirada; no sé si me insultan o me siguen amando…

- Espera… ¿así era el guión?

- No, pero me da pena el pobre Lorenzo. Es un mal arquitecto y además un idiota disléxico, nadie lo quiere y morirá solo ¿Qué otra esperanza puede tener más que mis palabras de consuelo?

- Su alma se pudre Violeta, se supone que te hizo sufrir, debe pagar. Patéalo en el suelo con adjetivos que le duelan como puñales de vocales y consonantes.

- No puedo hacerlo, tendrás que buscarte otra actriz.

- O en su defecto, buscaré otra escritora.

- Y de paso búscate un nuevo Lorenzo.

- O en su defecto, otro idiota.

- ¿Puedo llevarme el guión?

- Claro, y llévate a Lorenzo por favor.